La noche americana

Cuando pregunto a amigos directores cómo va todo y qué tal fluye la profesión suelen hablarme de ideas y de proyectos en marcha o en gestación, pero ocurre a menudo que delatan cierta emergencia molestándole esas tareas previas porque siempre acaban confesando el monazo de rodar, las ganas tremendas de vestirse de luces, apretarse los machos y volver a ponerse de una vez tras la cámara. Los amigotes que escriben, sin embargo, me hablan de lo mismo pero sufren y remolonean y suelen añadir que lo que más les gusta de escribir es el haber escrito y bajarse al bar. Escribir es también ausentarse de la realidad pero no la detiene, y esto es porque la escritura es una degeneración del acto natural de leer mientras el hacer cine es un hecho físico que se consuma en el campo de batalla. En el instante en que la cámara empieza a registrar lo que sea, alrededor de la escena dejan de ocurrir cosas y la realidad, que por lo general es mentirosa, malvada y peligrosa y no se puede controlar, pasa a ser un concepto cancelado. Salvo para los productores, que no dejan de percibirla por el rabillo del ojo, la realidad se calla la boca cuando se rueda y pasa a sublimarse en un beso por terminar, una puerta abriéndose o cualquier otra acción mediada que por sí misma no va a ninguna parte pero que de momento ha conseguido desviar hacia ella toda la electricidad de varios kilómetros a la redonda. Y luego ya se verá. Escribir, en cambio, no es más que esto, no lleva a nada y tenemos que dejarlo aquí.

En CINEMANÍA

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