CINE


Anticristo

Me cuentan que el responsable de la banda sonora de Anticristo, la película de Lars von Trier, se tragó un micrófono para registrar el latido de la sangre, el mar de fondo y la procesión por dentro. El resto de la música se confeccionó con instrumentos eventuales como ramas de árboles o crin de caballo. Me parece todo correcto.

Considero a Von Trier uno de los cineastas más generosos de nuestro tiempo por películas como esta, que escribió deprimido y por hacer algo, porque aquello era lo único que podía hacer antes de volver a postrarse. En Anticristo decía haber trabajado a no más del cuarenta por ciento de su potencial y sin embargo la película se ve como su colmo, todo él está en ella y todo en ella es irreal como la vida misma, todo interior, todo traído de un plano subconsciente como ese zorrito chamánico venido de un mundo paralelo para constatar el caos reinante en el alma de los hombres.

Pese a que en los créditos comparecían documentalistas y asesores en cine de terror, misoginia, teología y otras materias, Von Trier luego pidió perdón por no saber exactamente qué había hecho o qué significaba aquella película demencial desbordada de humor, que proponía la alucinación y el capricho como recursos más ilustrativos que cualquier explicación racional. Esto no lo entiende todo el mundo pero el danés siempre ha dicho que él no hace sus pelis para nadie más que para él mismo. Es como si le preguntan al pollo por el caldo de pollo, se excusa Von Trier, cuando los que deberían hacerlo son los demás, el infierno que son los otros.

En CINEMANÍA

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Hay un cine que nunca veremos y que provoca una gran inquietud en el cinéfago, un ser enfermo de gula y de más cosas que en la consumición de todas y cada una de las películas que son y han sido pretende basar su comprensión del mundo. Un loco. Uno no, muchos. También existen personas que conciben el cine como asunto simultáneo a su existencia y no contemplan el mirar películas viejas. Pero si asumimos nuestra condición temporal en el planeta, y para eso salimos a beber los viernes por la noche, es posible que se nos pase por la cabeza que esto no se acaba aquí y que el cine que se hará después de que hayamos muerto tal vez pueda molar mucho aunque todavía nos quede muy lejos. Todas esas películas que nunca veremos y de las que no llegaremos a conocer ni el título…

La alternativa a esa impotencia es soñarlas o acaso ir averiguando las películas del futuro en las que se hacen ahora, ir detectándoles indicios, dinámicas o inercias desde las que atisbar lo que se cuece. Tomar como itinerario esos títulos que nos llegan todas las semanas y que conforman lo que llamaríamos el cine contemporáneo aunque contemporáneo es también el cine antiguo, esas películas viejas que sin que lo sepamos se siguen haciendo en una forja misteriosa y que de pronto emergen como patrimonio insondable que en su audacia llega a explicarnos mejor el cine del futuro que el cine que nos corresponde, el que no podemos entender porque debemos vivirlo. ¡Es el pasado que nos viene con un presente! La actualidad es no moverse del sitio pero el futuro sólo puede explicarse en retrospectiva, saltando el presente con pértiga. Pensemos en ello. Deprisa. No hay mucho tiempo.

En CINEMANÍA

La noche americana

Cuando pregunto a amigos directores cómo va todo y qué tal fluye la profesión suelen hablarme de ideas y de proyectos en marcha o en gestación, pero ocurre a menudo que delatan cierta emergencia molestándole esas tareas previas porque siempre acaban confesando el monazo de rodar, las ganas tremendas de vestirse de luces, apretarse los machos y volver a ponerse de una vez tras la cámara. Los amigotes que escriben, sin embargo, me hablan de lo mismo pero sufren y remolonean y suelen añadir que lo que más les gusta de escribir es el haber escrito y bajarse al bar. Escribir es también ausentarse de la realidad pero no la detiene, y esto es porque la escritura es una degeneración del acto natural de leer mientras el hacer cine es un hecho físico que se consuma en el campo de batalla. En el instante en que la cámara empieza a registrar lo que sea, alrededor de la escena dejan de ocurrir cosas y la realidad, que por lo general es mentirosa, malvada y peligrosa y no se puede controlar, pasa a ser un concepto cancelado. Salvo para los productores, que no dejan de percibirla por el rabillo del ojo, la realidad se calla la boca cuando se rueda y pasa a sublimarse en un beso por terminar, una puerta abriéndose o cualquier otra acción mediada que por sí misma no va a ninguna parte pero que de momento ha conseguido desviar hacia ella toda la electricidad de varios kilómetros a la redonda. Y luego ya se verá. Escribir, en cambio, no es más que esto, no lleva a nada y tenemos que dejarlo aquí.

En CINEMANÍA

Sietemachos de España y de Gibraltar, asaltacaminos idealista durante tres temporadas pero por siempre, actor de carácter, de genio y de talla en cien mil producciones de teatro, cine y televisión. Félix Sancho Gracia (Madrid, 1936) lleva hoy cuarenta años casado, tiene tres hijos que lo han hecho abuelo y trabaja en el recital Versos bandoleros y canciones escondidas, que se estrena este verano en el Festival Internacional Rías Baixas de música, danza y teatro, iniciativa suya junto al productor Celestino Aranda y el director de escena Miguel Narros. Nos sentamos a entrevistarle pero se nos olvidó a mitad. Mierda, ni siquiera hablamos de Tonino Valerii

Sancho Gracia_Annie Girardot

Sancho, yo quería hablar contigo porque tú has sido uno de los hombres más guapos de España.

¿Yo?

Tú, claro.

Pintoresco.

No, no: guapo.

Pintoresco. Tú cuando vas con el coche por la carretera y de pronto ves un cartel que dice “Vista pintoresca”, suele indicar casi siempre la vista más bella, la más bonita. Pues eso. Yo soy pintoresco.

Vale. Y supongo que guapo no se es porque sí, que hay que saber serlo.

Para ser guapo hay que tener los pies sobre la tierra.

Estoy buscándote el mujeriego, tu fama.

¿Yo tengo fama de mujeriego?

No, es un anuncio.

Ah, pues no lo sabía, ja, ja, ja. Bueno, pues sí, no sé, están muy bien, las mujeres, ¿no?

Toma, claro.

Sí, son un elemento bastante importante en la vida, sí. Qué bellezas.

Vamos al principio, va. Tú naces en Madrid en 1936 y te van metiendo la familia en la cárcel.

Todos, estuvieron todos en el talego, unos más y unos menos. Estuvo uno de mis abuelos, el otro creo que no, y cuatro tíos. Y mi padre muerto en guerra.

Y entonces lo que queda de la familia se exilia a Uruguay, siendo tú muy niño.

Sí, yo tenía 12 o 13 años. Un país laico, estupendo, donde crecí, estudié, me peleé por primera vez… Follar no porque ya había follado.

¿Ya? Eras un crío espabilao.

Espabilao, sí. Y en el barco también follé, yendo para allá. Por pintoresco.

Allí estudias interpretación y vuelves a España en 1962.

Había venido antes a ver a mi abuela y a la familia, venía de vez en cuando y me quedaba uno o dos meses, hasta que en el 62 decidí irme a Estados Unidos, donde entonces vivía mi madre con mi hermana. Pero pasé primero por Madrid, donde me encontré con un amigo que me dijo que le acompañase a un ensayo de Calígula que estaba dirigiendo don José Tamayo. Fui allí, resulta que les hacía falta un tío para el personaje de Escipión y me contrataron. Debuté en el teatro romano de Mérida. Y aquí estoy.

Y pronto el cine, porque volvías sabiendo inglés, que sería una ventaja en aquella época de coproducciones.

Sí, entonces había mucha coproducción con Italia y con Estados Unidos. Y al rodarse en inglés, pues claro, trabajaba mucho. Se me requería no por actor sino por hablar la lengua. Hice un montón de pelis con los gringos.

La casa de las 1000 muñecas, por ejemplo, en 1967.

Esa era inglesa. Con Vincent Price, estupendo actor. La rodamos en Madrid, y recuerdo una escena en la Castellana, donde está la embajada alemana, que tiene una especie de minarete moro, árabe. Pues ahí, en ese paseo, rodamos una secuencia bastante larga en la que se suponía que yo estaba en Tánger, buscando…, no sé, no me acuerdo cómo era la historia de la película, que me habían quitado a mi mujer o no sé qué y me la querían meter de puta, y yo iba por allí buscándola y no sé qué hostias. Pues hicieron que aquello fuera Tánger, con el minarete al fondo, pero no repararon que en el contraplano ya no estaban los moros y que pasaba un autobús que decía “Quina San Clemente”. Cuando la estrenaron, a poco más rompen el cine.

Eso suena a contingencia a lo Jesús Franco, con quien también habías trabajado nada más llegar, en Vampiresas 1930.

¡De negra! Sí, sí, Jess Franco. Ahí salía yo haciendo de negra, en una orquesta. Con una actriz y cantante que murió muy joven, pobrecita, que se llamaba Mikaela.

Prima de Soledad Miranda, según tengo entendido.

Pues de eso no me acuerdo.

¿Con qué periodicidad se trabajaba entonces? Porque mi idea es que se daba un destajismo absoluto, un flujo constante de rodajes hasta que en 83 llega la Ley Miró y se carga la industria a favor de un cine de postín.

Pues sí, así fue. Estaba funcionando. Yo rodaba mucho, pero películas españolas más bien pocas. Joder, hay una que siempre que pueden la reponen, La ciudad no es para mí… Pero yo por regla general siempre trabajaba en coproducciones, por el inglés.

Y porque no tenías problema en darte hostias, en caerte del caballo cuando hiciera falta. Siempre has sido un actor muy físico.

Sí, me gustaba. Ahora me duele todo. (más…)

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Lo de Iñárritu debe de estar avergonzando a medio México pero el fenómeno también resulta interesante porque habla de otras cosas, del colosalismo como arte opresor, de la épica empresarial y de la urgencia de poesía que quiere atribuirse alguien sin más urgencia que la de clase.

El renacido se dice que está vacía pero es peor, está llena de nada. Se trata de una peli blanca atómica  que en lugar de Iñárritu podría haber hecho Apple. Lujo para las masas. Alto diseño a tu alcance pero carísimo a largo plazo porque el cable lo tiene corto. Cine programado para la obsolescencia, que es el momento en que nos damos cuenta de que grandeza y grandilocuencia eran términos contradictorios y que la poesía es un dios oculto, otra cosa, algo que a señores como este no les cabe en la cabeza.

El renacido, que se funda en una extrañeza de cámara para abrumar a escolapios, es la mejor película que va a hacer nunca Iñárritu y por tanto una de las peores que vamos a ver nunca, porque este señor con el jersey sobre los hombros es su propia víctima, alguien que cuanto mejor lo hace peor lo está haciendo, y no porque se trate de uno de esos directores sin voz sino por todo lo contrario, porque tiene firma y aplomo y un discurso de telenovela que hace usufructo de lo que en su barrio llaman desfavorecidos, que son aquellas personas a las que otras personas utilizan para sentirse mejores, más personas. La caridad católica de toda la vida, los indios ya se lo saben y se descojonan, para qué indignarse. Lo de Iñárritu es, de tan minúsculo, una pena muy grande.

En CINEMANÍA

3 womenEn el estupendo libro House of Psychotic Women, que toma su título de la película de Carlos Aured Los ojos azules de la muñeca rota, la ensayista canadiense Kier-La Janisse explora su complicada biografía utilizando como ganzúa el cine de mujeres trastornadas. Se aferra a la primera persona del singular y procede a narrarse a partir de un puñado de películas protagonizadas por locas del coño.

Fundadora de páginas web como Spectacular Optical o proyectos como el Miskatonic Institute of Horror Studies, además de articulista en revistas especializadas como Rue Morgue o Fangoria, Janisse sabe de sobra que el de terror, y por contacto todo el fantástico, es el cine más polisémico que existe. Limitarse a colocarlo en el portaobjetos del análisis académico o someterlo al plomizo ministerio de la crítica sería un desperdicio, por eso Janisse no solo conecta a su propia experiencia títulos del alcance sociológico de El ente o piezas de culto como Let’s Scare Jessica to Death sino que tiene la audacia de saltar de Ingmar Bergman a Lucio Fulci y es capaz de convocar a marginales como Doris Wishman, Andy Milligan o algún pope del eurotrash para relatar las anécdotas más significativas de su existencia como neurótica. Todo eludiendo a Freud y a Lacan para nunca perderse de vista.

Escribir es quemarse vivo, dejó escrito Blaise Cendrars. Escribir es consumirse pero también renacer de las propias cenizas. El arrojo de esta mujer es un soplo de aire fresco en el ámbito de la escritura cinematográfica, donde a menudo se olvida que escribir de cine ha de ser una excusa para escribir de todo lo demás. Y escribo esto con mucho cuidado porque tampoco quiero que suene como uno de esos pegoteros saludos de alcalde que afean las publicaciones con padrinazgo institucional, pero sí: escribir de cine es una oportunidad espléndida para hablar de cosas más importantes que el cine.

Dice Janisse que le da un poco de miedo el pensar que si alguien quisiera manipularla podría encontrar todas las instrucciones en su libro, y ante semejante compromiso con el cine, el analista más sagaz y el crítico más erudito (al fin y al cabo un chalado que se ha agenciado una estrella de sheriff) quedan reducidos a pobres diablos y a miserables policías de las películas. Somos lo que somos. Mequetrefes. Lean a Kier-La Janisse.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

Purple_Rose_CairoEscribo al cabo de la noticia en una redacción donde está prohibido fumar, una falta de humildad muy grande. Pero antes que aquí se prohibió fumar en la ficción, y es cuando reparamos en ese dato que todo se hace más terrorífico: primero se legisló el pensamiento.

En las últimas décadas la presencia del tabaco en el cine se ha ido reduciendo en respuesta a solicitudes de empresas preventivas, presiones de las siempre aberrantes asociaciones de padres y amonestaciones inerciales de la opinión pública que derivaron en el castigo de la propia industria, siempre presta a modificar sus calificaciones por edades -según soplase la moral consuetidunaria- afectando así al rendimiento comercial de las películas. Coartándolas antes de que existan. La maniobra, en la que se aliaban derechas e izquierdas, era sembrar el convencimiento en la masa para implantar la autocensura preventiva en los individuos. Confundir el sentido común con el común de los sentidos. Lo de siempre.

A finales de los 80, durante su famosa visita a San Sebastián, Bette Davis fumaba expansiva y avergonzada de su país, donde según nos contaba se había dejado de ser libre como se era en aquella ciudad tan bella que la acogía. Un par de años después Lucky Luke sustituía su pitillo por una espiga. Lucky Luke es un personaje belga pero no deja de ser un vaquero norteamericano, porque las prohibiciones empiezan siempre en ese país donde terminan las libertades de los demás. En un magnífico ensayo sobre el tabaco contenido en su libro Mata a tus ídolos, otro belga afincado en los Estados Unidos llamado Luc Sante resumía muy bien el espíritu norteamericano: vallar tu terreno, disparar a los intrusos y creer que las prestaciones sociales básicas pertenecen a quienes se las pueden permitir.

La prohibición del tabaco se ha naturalizado en nuestra vida civil, donde sin chistar y de un día para otro pasamos a fumar a la intemperie, siempre en nombre del progreso, de intereses vestidos de intenciones y de especulaciones en torno a una vida sana como si hubiera otra vida posible. Lo del no fumar fue el principio de todo.

Servirse de la ficción como propaganda y hacer de ella campo de pruebas para la tiranía ha sido una de las funciones del cine desde sus inicios, otra más, pero despreciar “el otro lado” como territorio para la resistencia no tiene perdón. Es inmoral seguir aceptando películas libres de humos, legisladas, asépticas y complacientes. Es urgente recuperar un cine en oposición, defensivo, autónomo de la realidad y a poder ser ajeno a nosotros mismos. Que nos moleste y nos haga toser y que no olvide la observación de Buñuel: que el cine puede ser un arma maravillosa y capaz de mucho peligro, siempre y cuando la maneje un espíritu libre. Cof, cof… Bajo a fumar antes de que suene el toque de queda.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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