YO ATLANTE


Yo, atlante - 21

¡Ola k ase! ¿Ya habéis comío? ¿Estáis cotizando? ¿Cómo vivís esta época de estímulo perpetuo, pequeños tritones? Ya no os interesa nada, ¿eh?, todo venció hace dos clics, qué pena más grande…

Reconozcámoslo, esto hace tiempo que no tiene gracia.

Yo también me siento voluble cuando entro a este palomar, tampoco sé qué sendero tomar ni qué me gusta o qué me atenaza y se me llenan los ojos de llanto y los güevos de furia ante tanta miseria, pero aquí vengo como un perrete se acerca a un árbol, preguntándome, entre las atracciones, cómo podéis ser a la vez tan cordiales y tan petulantes, por qué utilizáis cada semana una palabrita en inglés del extranjero y cómo es posible que vosotras, las chicas, podáis llegar a ser tan súper mega creativas aquí, en este lugar donde no os huele la piel.

Siento una vergüenza profunda, querido Internet, cuando me asomo a tus pastos con mi gorrito de nadar, cuando llevando el atuendo humilde y adecuado me cruzo con tanto plumífero de verso blanco, tanto grafista, tanto picapleitos y tanto asesor, tanto de todo y tan poco de nada, tanta presciencia y tanto cretino y tanta puta emboscada en su insatisfacción. ¿Dónde está el coraje, Internet? Pero supongo que el coraje aquí no tiene utilidad ninguna. ¡Y eso no es lo peor! Lo peor no es siquiera esa actualización constante que entiendo como un corregirse el peinado una y otra vez ante el espejo de narciso, ni tanto exaltado político ni tanto insecto clamando estar vivo, ni siquiera todas esas traiciones a lo que fuimos o decíamos ir a ser. Lo peor es la mediocridad, Internet, esa mediocridad tuya de la que somos parte, a la que abrazamos como a la moza de la habitación 237 mientras vamos entregando todo nuestro montante de ética individual. Como si nos sobrase. Lo peor es la mediocridad y eso tan ridículo de los gintonics finos.

En sus principios, el hombre se esmeró en resolver lo del frío, pero una vez cubierta esa necesidad, insolentes, decidimos que tampoco queríamos pasar calor. No nos bastó con haber dejado la caza, luego no quisimos ni cocinar. Y esa perversión nuestra sin límites nos llevó a esta intemperie. Juraría que nadie aventuró nunca que esto que ahora somos lo íbamos a ser voluntariamente.

Ah, pero reconozco que es esta mediocridad lo que me hace ser mejor, lo que me obliga a buscar en otra parte, lo que me saca de aquí antes de que me fermente en la cabeza el ruido. Pertenezco a una generación muy jodida, vivo confusionado, pienso que me gustaría ser maricón pero no me sale y etcétera, etcétera, etcétera. Mi generación es la que inventó los desodorantes de bola, esos botes redondeados, fue mi quinta la que sugirió ese desplazamiento del uso, chicas, dad gracias. Mis amigos me proponen noches de revival, unas fiestas con canciones de los 80, cosas así. Yo iré a una fiesta futurista pero no a echarle pisto a nostalgias que pretenden el tiempo pasado más confortable, no me jodáis, ¡pero si aquella era esta misma mierda! Los jóvenes miran más lejos porque no llevan retrovisores, les explico a mis amigos, los jóvenes miran más fuerte mientras los mayores vamos echando la vista atrás, nos repartimos entre lo que venga y lo que ya fue, llevamos la zamarra llena de rémoras y tontería mientras los jóvenes sólo llevan piedras de arrojar. Porque esto es así, ¿no? Los jóvenes están en lucha, ¿no? ¡No van a estar aquí leyendo esto! ¡Cómo va a estar un juvenil en el Facebook! ¡Un joven está en la vida! ¡Funcionando!

Decidme, ¿cuántas horas habéis totalizado aquí dentro como “vivir”? Da igual, las estadísticas sólo se cumplen si uno cree en ellas, son germen, indicación interesada, un señuelo. Nunca nada ocurre como se desea o como se imagina, nada ocurre como se espera, siempre va a ser diferente. Sabed que mi deseo es de fraternidad universal, aunque la exigencia de mi deseo es más grande que todo lo que aquí encuentro. Podríais ser mis mejores amigos, en Internet, nos bastaría con decidirlo, sin compromiso, aceptar la invitación y vivir armónicos, pero casi que paso.

Apagad esto, levantad la vista no sin antes darle al “me gusta”, claro, no me falléis, mirad qué foto os he puesto, un atletismo, un pubis de cierva de tripa blanca, ¡confío en vuestro talento! ¡Sois siete veces más sensibles que yo!

En VICELAND

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Yoatlante-20

Hay una serie de asuntos importantísimos y contemporáneos que podríamos tratar aquí, asuntos de tal actualidad, de una actualidad tan grande, que podrían mantener vigencia durante eones, no pasar de moda nunca y ser siempre ahora, instante y vanguardia. Pero la actualidad ya fue antes forever, así que mejor hablamos de mí, que viene a ser un poco lo mismo porque como ustedes, ¡también yo soy todos!

De política no, hablar de política estropea mucho. De política sólo hablan dos que no se entienden, porque cuando se hace entre camaradas es que se tiene poco de qué hablar, poco de otras cosas. De la política me interesa sólo el exabrupto, porque la materia en sí me es inabordable y su tratado lleva muy pronto a la prosodia. Las lecturas equivocadas y un afecto pronto por los malditos tienen la culpa de este descreimiento mío en la especie, es así, pero reconozco que me siento muy bien instalado en mi superioridad moral. Joder, me pagan por escribir aquí lo que se me ponga en el coño, me pagan mucho dinero, digo yo que la superioridad moral será esto. ¡Dejadme en paz!

Bueno. Hoy me pregunto: ¿Existe una amnesia drástica del aprendizaje? ¿Puede uno volver a hacer el amor como un adolescente, retomar no ya aquel vigor pero acaso la exploración inquieta? ¿Es posible volver a caerse de la bici por cuestión de audacia, volar impulsados como volábamos entonces y estamparse de puta madre y reír desangrándose? ¿Se escribiría en la amnesia como se escribe ahora mismo, o se daría un retroceso técnico? ¿En qué momento empezamos a comer el huevo por la clara, a guardarnos las mujeres buenas para luego? ¿Dónde empieza el instinto y termina la experiencia? El tiempo corre… He observado que algunos congéneres se tiñen las canas, una candidez más radical que la de aquellos otros que miran de compensar la calvicie dejándose unas patillas. Me parece bien, hombre, es cosa vuestra, pero, ah, la vejez se concentra en la mirada, está sólo allí, perded cuidado.

Llega otra navidad, chavales. Tal vez estáis tristes y abatidos, pero eso es porque tenéis novia o esposa, una mujer que ya habéis gastado (¡¿pero qué dice el puto loco?!). Yo de vosotros iría a la mía. Hacedme caso, vosotros ¡siempre a la mía! Además, si es que sois españoles… Es verdad que a este país le comía yo todo lo esotérico, a mí me gusta, pero es un país que está quebrado, se va dejando ir, este país espantoso. Los españoles somos una raza muy demediada y un absceso en el mapamundi. Duele mucho, este país. Si un día tenéis oportunidad de conocer a alguien que se sienta orgulloso de ser español, dadle con un palo en la nuca para que no sufra. Lo mismo con un catalán. De hecho, ser catalán es todavía más penoso porque se son las dos cosas.

En fin, que no os metáis en líos, cagad siempre duro, hacedme caso que yo pienso bastante aunque luego se me olvida. Seguiré escribiendo en internet aunque esto me resulte como cocinar para muchos: nunca me va a salir tan bueno. Ey, pero Buñuel, que no era español ni catalán porque era de Teruel, que es como ser de la Era Terciaria, se preocupaba cuando una película suya tenía éxito porque sabía que algo había hecho mal.

Atentos, escuchadme este final: ¡que la realidad no pueda nunca con vosotros!

En VICELAND

Yo, atlante - 19

El mes pasado acudí por accidente a una convención de blogueros y militantes de internet (supongo que en su tiempo hubo también militantes del telégrafo) donde alguien llegó a decir –esto es cierto- que “Apple es tecnología y diseño”. Varios cientos de personas (todas jóvenes, mala señal) se congregaban allí en un hotel para no mirarse, pues estaban dedicadas a depositar sus chistes, soflamas y pareceres constantes en sus dispositivos móviles. Todo el tiempo. Como en una especie de diferido en vivo, se leían unos a otros en una enorme pantalla dispuesta para ello y se “favoriteaban”. Hablaban en esos términos para referirse a la sardina que se le da al delfín, al que te rían cada metáfora, que te aplaudan cada tropo o que un perro faldero te vaya lustrando los huevos a lengüetazos.

Hoy, como rito de invierno, he visitado la Feria de Nueva Espiritualidad, Paraciencias y Terapias Alternativas que cada diciembre se celebra en Barcelona. Acudo en olor de paganismo, satanidad y belleza pero allí no encuentro más que productos como “El tarot de Jane Austen” y lecturas del calibre de “Usted también merece ser millonario” o “Cómo convivir con personas neuróticas: Incluso con la que llevas dentro”. Allí aprendo que somos pequeñas chispas de conciencia, como los delfines (¿?), según se dice en el taller de liberación emocional donde se divulga el poder sanador de la energía. El ponente, un joven con trazas de hidrocefalia, pide no aplausos sino sonrisas y algunas mujeres asienten al asunto de que si perdemos nuestra resonancia armónica con el universo podemos llegar a enfermar. Ojo ahí. Cuando vamos a lo micro volvemos a conectar con lo macro, se sostiene, y el quid de la cuestión parece encontrarse en el uso de la palabra totipotencial. Totipotencial, nen, ¿qué te parece?

La afluencia de mujeres es mayoritaria (mala señal, para ellas y para todos), es visible en muchas su desahucio emocional mientras otras cuantas delatan problemas graves para gestionar su edad real. Ronda, como acompañante, algún que otro macho betamax, y a ratos se deja ver cierta juvenalia atrofiada por el universo gráfico de Luis Royo o Victoria Francés, lo que yo considero muestras vivas de fantasía muriente. El visitante, en cambio, aprecia esas imágenes, así como se muestra muy dispuesto a entonarse con el todo adquiriendo llamadores de ángeles (que a mis ojos son siempre raíz de tanis), recargando piedras y amuletos en un chiringo de corchopán y, en general, queriendo elevarse en variados éxtasis de bazar chino. Salen de allí bien templados para la semana, supongo, instalados en el rango alfa de conciencia, que es como escribo yo siempre aquí.

En los pasillos, una señora me aborda y me habla de mi tercer ojo índigo-violeta y me pronostica buena fortuna y abundancia, pues así me está determinado por mis seres de luz. Si voy a verla a su casa me entregará un dossier de información angélica, me enseñará a contactar con mi guía y recibiré un diploma de asistencia. Le digo que voy a pensarlo y paso a escuchar a otra hembra sensitiva y afectada que me advierte de algo importante: no morimos, nos desencarnamos, y me pregunta por mi vida anterior, por una encarnación anterior mía, y le explico que a mí me gusta pensarme marino o torero pero que luego me cuesta madrugar, y que tal vez fui cocinero, en otra encarnación, no sé, ¿uno aficionado a escupir los guisos?, tampoco quiero picar muy alto. Supongo que fue una vida de picos y valles, lo mío, le digo, y que no me gusta que se mueran las personas pero tampoco que vivan así, atormentadas, y se ofrece, si estoy interesado, a realizarme el traspaso a la luz de algún pariente fallecido que se encuentre anclado. No parece procesarme. Voy a pensarlo, le digo (¡le regalo una sonrisa!), y subo al salón de actos, donde se está practicando una ceremonia chamánica con candelas y diyiridú. Dormito un poco durante el ritual, bien enraizado a la Tierra (me han dicho que debo imaginar una luz cenital bañándome el cuerpo y mis pies conectados al núcleo del planeta, línea directa con el hueso del melocotón), y a su término se da un fenómeno extraordinario a mi vera: una chica de belleza franca y vulgar resulta no saber aplaudir. Se esfuerza mucho en ello pero su palmeo suena a trasquilón, disociadas las manos, suena a chocho desbarajustado, un sonido muy loco que se impone porque a esa chica (tendrá quince o dieciséis años) no le han enseñado nunca a aplaudir o tal vez no ha creído nunca en el espectáculo y por ello entrega un desastre, un aplauso trágico como nunca había visto parecido.

Este lugar sería hermoso de entenderse como adultos jugando, pero el juego aquí está tan regulado por lo bajo (reiki, flores de Bach, biodanza, ayurveda, sanergía, cuencos tibetanos, sandez a mares), tan estandarizado para un público ágrafo y marchito y los crupieres son tales estafadores, hombres y mujeres de tal vulgaridad, poca cultura e imaginación tan breve, que se encuentra uno abatido al poco rato como en la vida corriente de abogados, banqueros, empresarios, administradores de fincas o personas de la política, profesiones despojadas de toda grandeza y cualidad, nada turbias, en realidad (lo turbio es bueno siempre), y muy confortadas en nuestra diáfana mezquindad de serie.

Leo, en una cartulina verde y párvula junto a un chiringuito donde una mujer de pelo cano te dibuja con ceras tu ser de luz (lo garabatea todo de flores, la loca, y dice que es que en ti está viendo soles), que humildad y paciencia son la clave de la grandeza. El humor tampoco es opción sostenible, porque si un cómico, un humorista, me ha parecido siempre el desaguadero del colectivo, lo que aquí se reúne da en un estanque de aguas ponzoñosas, un foco de pena. Cerca hay otro cartel muy empeñado en lo exclamativo: “¡¡¡SOLO SI DAS EL PASO DE QUERER LLEGAR MÁS LEJOS… SABRÁS CUAN LEJOS PUEDES LLEGAR!!!” Cuando voy saliendo se me entrega un panfleto donde se alerta de un problema de salud pública que afecta a toda la población: la amenaza del WIFI. Por una escuela sin WIFI, se clama, siempre con los niños como monedita de cambio de nuestros intereses y psicopatías.

Pongo mi esperanza en las placas tectónicas, intento desplazarlas con la mente, las pongo a arder. Sólo hay que perseverar un poquito más en esto y acabaremos por conseguirlo: dejaremos de ser.

En VICELAND

cuentos inmorales

Buenos días. Vengo a entregar mis palabras del mes. Medio puta y medio ronin, sigo humillándome por cincuenta pesetas. Vosotros qué, cómo va, qué os ha pasado hoy en internet. Ah, qué bien estar al tanto de lo que acontece en cualquier parte del mundo. Pero digo: si os diagnostican un mes de vida, ¿seguiríais tuiteando la agonía? ¿La compartirías en feisbuc? Bueno. Yo, cuando me asomo a internet, pienso aquello de Sócrates: ¡Hostia, qué mogollón de cosas hay aquí que no necesito! Internet sólo sirve para lo que parecía: el sexo, y las dos modalidades que propicia son el dar por culo y el comerse unas buenas pollas. Os gustan las pollas, ¿eh, campeones?

Me acuerdo de Teresita, una niña de mi primera o segunda infancia (yo qué sé cuántas infancias hay) que no bebía cocacola porque le daba asco el brebaje, y recuerdo cómo su determinación nos pasmaba al resto de los críos, vendidos sin cuestión al invento. Teresita era una inquietud, una niña feliz en sí misma. Luego, de mayor, he ido comprobando que existen posturas contrarias, me he llegado a encontrar con personas que tienen televisión en el cuarto. Quien tiene un televisor frente al lecho está mal de la cabeza o está a punto de estarlo, es mi parecer, allá cada cual, pero es por cosas así que aquella niña es hoy tan atractiva en mi memoria y la invoco cuando os veo maquinando –entregados a la máquina, quiero decir-, me conforto en Teresita porque dudo que esta rendición ciega al “progreso” sea lo que deseáis. No creo que la atención que aquí se mendiga cubra la frustración que os mueve. No creo que a nadie puedan bastarle estas cuatro peladillas.

Según Schopenhauer, los dos enemigos de la felicidad humana serían el dolor y el aburrimiento, y todos los seres oscilaríamos siempre entre esas dos opciones, sufriendo más la una cuanto más nos alejásemos de la otra. Hay que hacerse a la idea porque alternativa no hay. Las carencias y la necesidad propician el dolor; la seguridad y la abundancia conducen al aburrimiento. A partir de ahí, el hombre de genio e inteligencia escogerá la vida retirada, la soledad absoluta si es de espíritu superior, mientras el necio irá requiriendo ganancias, sociedad, reconocimiento e incluso un tanto de fama si fuera posible. Porque en su individualidad no hay nada. Lo que hace sociable al hombre es su pobreza interior.

Esto lo decía Schopenhauer, que está muerto pero con quien al menos se puede hablar. Yo lo he hecho esta mañana, esperando turno en una oficina de la Agencia Tributaria, vórtice infernal al que he acudido como un berserker o un caballo loco, empeñado en la línea recta tan difícil en la ciudad, dos o tres kilómetros dando manotazos a los coches, arrasando esquinas y tumbando árboles a mi paso, ofuscado por lo inaplazable del trámite y asqueado ante la idea de manejarme siquiera un momento entre sellos gubernamentales y personajes marchitos, a los que luego instrumentalizaré para escribirlos aquí o en cualquier otra parte. ¡Ay, miasma! Veo a estos hombres y digo sí al aborto retroactivo. Internet, mátalos, digo también. Antes de entrar al lugar me he santiguado para encomendarme, como una monjita durante el despegue, y cuando en la ventanilla de impresos me han agotado la paciencia he pedido un ron, he sacado el mechero y le he escupido una llamarada a una sierva miserable, le he incendiado la cabeza y he salido de allí dispuesto a olvidarlo todo, con la certeza de que la auténtica clave de la felicidad está en aquello que se dice de una buena salud y una mala memoria.
Como veis, hoy me está siendo imposible adiestrar esto en literatura y periodismo no es, así que apago, tengo cosas que hacer, me recojo, ya he cumplido aquí, ¿no es verdad? A mis lectores, os envío abrazos como convenciones. Al resto, decirles que no, que esto no se ha terminado.

En VICELAND

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Ah, Internet, ladrón del tiempo, maldita urraca, ¿eres materia o energía? Tal vez una alimaña que pones a los amigos a tomar el ridículo, ¡que hasta el más tonto hace aquí relojes! Internet no huele pero puede apestar, bordeadlo siempre. Buenos días, Internet, eres niño como yo y nuncio de nada, pero te escribo una vez más para contarte que he estado escuchando a un poeta francés, ayer tarde, en la ciudad, y al tiempo que le entendía el abandono físico he sentido sus palabritas inspiradoras fecundando mi semana. “No podéis amar la verdad y el mundo”, escribe, y añade que la mayoría ha elegido, se ha reconciliado con la vida o ha muerto, y luego vienen unas poesías muy buenas que me han puesto a bailar y he llamado a mi madre para preguntarle si le habría gustado que sus hijos bailásemos, que supiéramos bailar más allá de hacer el imbécil con el cuerpo praxitélico. ¿Qué te habría gustado más que fuera, mamá, dancing queen o trampantojo? Lo estoy rumiando, son opciones para un hombre, cada una con su drama. El baile trae consigo una sospecha de homosexualidad, condición que sacude muchos males aunque ha de tener los suyos. Si somos realistas, si nos rendimos a la pena de ser realistas, bailar es poco más que fluctuar en un radio equis de tiempo, desplazarse en la magnitud unos instantes, a lo sumo un cuarto de hora de viaje al futuro y vuelta a empezar. Bailar tiene de simpático que es pura violencia, una involución a la ausencia del verbo, y que si perseveras te desliza hacia la vejez por la vía del desgobierno, aunque es todo ilusorio porque luego se comprueba, te guste o no, que tienes que tomar aire.

Tomad, tomad un punto y aparte. Sólo para recordaros algo que se dice en una peli de Bellocchio, y es que el miedo a ejercer la violencia es un miedo burgués:

“Os indignáis por la violencia de la policía como si fuera ilógica, innatural o irracional, cuando es una violencia necesaria. Es la del sistema que nos defiende. Contra esa violencia de los patrones os obstináis en defender una legalidad que es la de ellos, por sí misma violenta. Nosotros decimos con Brecht: ‘Sólo la violencia puede donde la violencia reina’. La violencia no es un principio, no nos interesa. Es sólo que si nos ponéis obstáculos, los superaremos. Si es necesaria la violencia, haremos uso.”

Pero bueno, ya lo iréis viendo. Ahora cada uno a sus cabritas.

En VICELAND

Yoatlante-16

Sueño, en clave nacional, que me encuentro entre un grupo de personas que se anudan la corbata en la frente, ejecutan coreografías y alzan a los dioses combinados en vaso de tubo. Me despierto angustiado.

A diferencia de las bandadas, los enjambres, sean de la densidad que sean, no requieren líderes para mantener la cohesión. Cada individuo interacciona con media docena de vecinos y la conducta aislada de cada uno de ellos dictará la decisión colectiva. No hay control central y cuanto más simples las unidades, claro, mejor funcionará el grupo. Esto lo escuché en un documental de los de fumar porros. También decían que el rasgo más intolerable de la especie es pertenecer a ella, comprobar de continuo que tú eres tal, pero que se va llevando porque no hay otra y que las cosas más asombrosas que hacemos los hombres son llorar, curar patas de cerdo y los dibujos animados.

Ah, pero yo vivo solo, vivo de los besitos que me dan por ahí.

En lo personal, mi nueva vecina solo tiende toallas y bragas de encaje, de lo que se colige que es puta y queda certificado por sus abluciones nocturnas. En su encima también ha habido muda, y un pastor -que no un cura- bendice el apartamento bramando de buena mañana que se ha de atar toda hueste de maldad, que tú, Señor, eres el que hace la Obra, y en alternancia una voz femenina pide romper yugos y que se nos cubra con la sangre poderosa del Hijo. Por delirio e insistencia tal vez merecen una bofetada de ida y vuelta, pero como para mí esto es novedad, atiendo acodado en el alfeizar, desnudo y legañoso, hasta que un parroquiano les menta toda la defunción por el patio de luces y la mujer reconduce su arenga hacia “el derecho del enemigo”. Le perdona la vida. Siguen ahí enfrascados cuando salgo de la ducha, insistiendo en creerse a sí mismos, escalando la enajenación hacia el lugar último, prácticamente exhaustos, y se interrumpen cuando suena el vals de Nokia. Mi puta madre: ¡se salen de misa para atender una llamada de la Tierra! Así no alcanzaremos nunca la experiencia mística…

En esta ciudad he visto yo ayer, bocarriba en un parterre, un caracol bullendo de larvas blancas, translúcidas y sudorosas, devorando en un silencio vertiginoso lo blando del molusco. Y nadie se estaba dando cuenta.

El caso es que nos están poniendo el pan muy arriba, ciertamente, pero mira, no dejemos de maravillarnos por esto y por aquello y rompamos algunas reglas, que al final se ha quedao buena noche. A mí me gustaría habitar la casita austera de un faro pero no tengo posibles, así que me consuelo con que la derrota, en acepción marina, no es más que el rumbo. Luego escribo porque es un alivio y os hago entrega así de mi angustia y mi veneno. Tampoco os hagáis ilusiones sobre vosotros mismos, no sois más que accidentes, pero celebremos la realidad, ¡que no es nada!

En VICELAND

void

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, súbete a mi polla y rema.

Y espulgado de pamemas, vamos al amor. Demos buen uso a esta tribuna aunque escribir para internet me siga siendo como leerle a tu madre unas notas por teléfono, a ver si le gustan. Tu madre tal vez quedó sorda de un aire en 1988, pero eso no es óbice para leerle unas notas y contarle que te has acercado a la playa, donde el yodo en la brisa quita el mal café, el clima es propicio para la vida y escribir, por tanto, se descubre junto al mar como lo que ha sido siempre, un asunto de pusilánimes. Un escarpado asunto de mariconas.

Es una vergüenza ganarse la vida así, con tan poco esfuerzo.

El caso es que hay mucho bobo con el cacharrito también aquí, comunicándose, queriendo estar en otro sitio o en todas partes mientras yace en la playa. Se retratan, se historian, se buscan el perfil y hacen sus planes en red, supongo, tejen su yo colaborativo en las redes. Recuerdo que en internet los amantes del culebrón miran la prensa y luego emiten valoraciones políticas. Pretenden contrastar la verdad de los medios, estos comentadores pelmazos, con la verdad suya, la que les mandan. Los más pasionales aúllan de deseo, fantaseando con descuartizar al cacique, aunque sólo los ingenuos, los corazones más blancos y fibrados de entre ellos, estarán creyendo y confiando en las palabras de la tribu, sin prever que su entusiasmo será abatido cuando comprueben que el resto, inoperante, nunca hará nada más que esos planes, nada más nunca que poner el grito en el cielo y no llevar nada a cabo, porque todo el mundo es mucho más cobarde de lo que estaría dispuesto a admitir.

Internet amansa las fieras. Las atrofia, incluso, ilusoria como es la vida ajena a la vida que hacemos aquí. La fabulosa violencia que era combustible de gran parte de nuestros procesos ha sido sustituida por extraños hábitos dictados por la tecnología y asumidos sin cuestión. Somos viejos decrépitos arrastrados por la última ola mientras creemos cabalgarla.

Sentada en su toalla, una chavala colmadita, armónica y enervada de pechos lame la pantalla de su dispositivo con alguna intención que desconozco. Lo hace dos veces. Las cosas que toco, ¿para qué necesito verlas?, dijo Max Estrella, que también sentenció que la barbarie ibérica es unánime.

Desconectado, pisando fuerte y bien, camino la orilla y me lanzo un palo al agua y me lo traigo servil como un policeman. Pienso qué haré a continuación. Divago, me aburro gratamente y vivo sin pena. No todo el tiempo alegremente, de acuerdo, pero en general sin pena. Y tras el abandono me pongo en mi lugar y me abochorno al comprobar que aquí en el verano, estos días, estoy calzando chanclas como un hombre sin pene, pero sobre todo me avergüenza pensar que es tarde y que debería escribir por dinero una vez más, escribir esto cuando lo útil sería estar rompiendo protocolos para siempre, haber conseguido hacerlo. Vivir de la caza mayor y no de esta porquería.

Sin querer, accedo a los papeles del día. Ojeo la materia política y se me ocurre sacarle partido al último tabú: allanar el círculo de la mierda. Todos tenéis aparato digestivo. Algunos acostumbráis a vejarlo acudiendo a restaurantes griegos o mexicanos y luego cagáis desnacionalizados, pero la mayoría, clase media como sois ya toda, contempláis la gula, coméis mejor que un francés, defecáis duro y español. Vamos a ello.

Mi propuesta es regresar a la infancia cantando, cogidos todos de una cuerda, recobrar la alegría, hacer emerger la metáfora e inundar de mierda el Parlamento, anegar las Cortes, depositar nuestro legado diario en el lugar donde se refugian los perros, abonarles el zaguán. Acuclillaos frente al templo, pensad vuestro ano un clavel revolucionario, descargad el intestino, liberad a willy y reunamos allí toneladas de nuestra miel para sofocar a esos miserables. Al fin y al cabo es lo que estamos haciendo todo el tiempo en internet. Hacedlo a plena luz del día o en la oscuridad fecunda de la noche. Si la liturgia os es íntima y cara podéis llevar el recado en una tartera o arrojar la palangana, pero darse prisa que vamos con hora.

Recordad que de la vida nadie sale vivo y que su mejor uso es bailar hasta que cese la música; que lo que está ocurriendo es intolerable, que no podemos seguir hibernados mil años más, que hay salir de aquí o volar esto por los aires.

En VICELAND

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