EROTICA


Filmin acaba de retirar de su catálogo una película, motu proprio, porque su contenido entraba en conflicto con las nuevas adendas al Código Penal, desde donde se pretende prohibir definitivamente, en esa carrera ascendente de sandez que omite contemplar como parte de la arquitectura social la tarea del arte, toda representación sexual, aunque sea “simulada”, donde incurran personajes que “parezcan” menores. Los motivos que se aducen desde la consejería fiscal o como se llame el estamento correspondiente aluden a un súbdito idiota al que cada vez le estaría siendo más difícil distinguir las imágenes reales de las generadas por ordenador.

Llevamos años con esto pero por fin parece que la opinión pública está en el redil. A ello han ayudado mucho las redes sociales, donde las voces disidentes no sólo quedan diluidas en el océano de mierda caliente sino que se desautorizan en el mero uso de plataformas que hacen bandera de la censura, que es un animal preventivo y miedoso. El caso es que a día de hoy no es necesario cometer ningún delito para ser condenado. Ni siquiera se requiere una víctima porque la víctima somos todos.

Filmin se cura en salud y sostiene que esos debates no le interesan, pero en la maniobra colabora en la evolución de la mediocridad, pone en evidencia un peligroso desprecio por la libertad de expresión y olvida que si una ley es fea, injusta o anormal, nuestra primera obligación es desobedecerla. Entiendo que con la edad el miedo arrecia y que todos nos vamos cansando de combatir la imbecilidad, pero abandonar también la resistencia pasiva indica el principio del fin. Tal vez estamos ya muertos y no lo sabemos.

En CINEMANÍA

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Nazario Luque (Castilleja del Campo, 1944) llegó a Barcelona en los primeros años 70 y se puso a dibujar unos tebeos muy pasados de vueltas cuando todavía era peligroso hacerlo. Instalado en un piso-comuna junto a varios sospechosos que conformarían la escena de una ciudad que todavía no estaba difunta, pasó de la autoedición a entregar historietas en docenas de revistas contraculturales y dio el pelotazo en las páginas de El Víbora, donde desarrollaría las aventuras de Anarcoma, detective hormonado, con tetas pero también un buen rabo. Autor de álbumes como Ali Babá y los 40 maricones, Turandot o Mujeres raras, escenógrafo, pintor fino y padrino verdadero del underground barcelonés, a la Casa de Cultura de su pueblo le pusieron su nombre pero luego se lo quitaron porque se reclamó para un político.

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Te iba a traer una botellita de fino pero me han dicho que hace años que no bebes nada.
Nada. Ni cerveza, ni vino ni nada. Lo dejé porque me bebía una botella de whisky todos los días, y era ya seguir y no hacer nada, de alcohólico casi sin techo, o pararlo.

Hubo una época en que todas las entrevistas las dabas borracho.

Hombre, claro, pero eso era pues porque estaba siempre borracho.

El alcohol no lo usabas para currar, entonces, como se había hecho mucho en la profesión.
No, no, lo usaba porque estaba enganchado y ya está, como el que se chutaba. Tenía dos borracheras cada día. Por la mañana bebía para quitarme la resaca, a mediodía ya estaba borracho, comía, dormía siesta y a las cinco me levantaba con resaca y a beber otra vez hasta que se me iba, me ponía bien y otra vez borracho a dormir. Era una dinámica un poco fea. Lo había intentado dejar varias veces y ésta última tuve éxito, en el ochenta y tantos, cuando empecé a pintar. Dejé de beber y dejé el cómic y me puse a pintar.

Aquellas acuarelas pacificadas… Y de pintar, pasas a escribir, ahora tus memorias.
Llevo año y medio o dos años con ellas. El problema que tengo es que de aquella etapa de borracheras guardo recuerdos muy inconexos. Tengo la ventaja de que siempre he escrito diarios, desde pequeño, y me sirve mucho de guía a la hora de rememorar, pero esa época de las borracheras es difícil. Me acuerdo, con el Camilo, que era demencial: cuando queríamos emborracharnos a tope nos íbamos al Tales, el bar éste al lado del ayuntamiento, que tenían absenta buena, el Pernod 69 que estaba prohibido en Francia, que tomaba la gente aquella y se volvían locos, y nos tomábamos unas cuantas y al salir de allí igual nos estábamos cuatro o cinco horas por ahí y al día siguiente la gente me decía que si había estado metiendo mano a no sé quién, o no sé cuántos, y yo no me acordaba de nada. Seguías funcionando pero sin memoria.

¿Y ahora, rememorando, sufres o lo estás pasando bien?

Sufro. Al escribir se sufre. Es difícil, escribir.

Pero tú habías escrito siempre, diarios, dices, pero también poemas y así.
Siempre. Y teatro y mis cosas. Siempre he escrito y he dibujado. Y cuando descubrí lo del cómic me pareció la forma perfecta para unir las dos aficiones. Escribía mis guiones y luego los dibujaba, era el formato ideal para expresarme. En las memorias estoy jugando a alternar la actualidad y el pasado. Había un escritor de teatro que me gustaba mucho, John Boynton Priestley, que hacía unos juegos de tiempo muy dramáticos, cambiando de lugar el segundo y el tercer acto, con lo cual tú veías las consecuencias y los fracasos antes que los sueños de los personajes. Ese cambio de estructuras me llegó muy dentro. Creo que puede ser interesante hablar en un capítulo de mis aventuras en el colegio de los Salesianos, con los curas, y a continuación de la actualidad, con los novios pakistaníes o lo que sea.

¿Tienes muchos novios o qué?
Afortunadamente, no tengo que salir a la calle con la edad que tengo. Otros salen a las saunas o a los bares para ligar, o por internet o lo que sea. Yo soy muy fiel; no a mi pareja, Alejandro, que ya llevo 35 años con él, sino a novios que conozco desde hace veinticinco o treinta años, que siguen viniendo por casa porque también los quiero. No tengo uno, ni dos, sino que tengo varios.

Pero no son chulos, son novios.
Novios, novios. La diferencia es que un chulo tiene una tarifa. Por mucho cariño y mucha historia, no deja de ser un tío que se gana la vida follando. Un novio, en cambio, es un tío que folla con otro porque quiere. Yo tengo amigos pakistaníes que vienen aquí una vez a la semana a follar conmigo y no follan con nadie más. O que están casados y follan con su mujer pero vienen, desde hace diez o doce años, porque les gusta follar con un tío. Tú puedes hacerle un regalo si quieres, pero al que le pagas un dinero es otra cosa, y tú sabes que él viene de estar con otro tío y que después de ti se va a ir con otro más. No es cosa que me preocupe, pero no es el mismo tipo de relación. Yo antes no conocía mucho el mundo de los chaperos, pero desde hace un tiempo viene por casa un chico que, bueno, muchas veces ni follamos siquiera, simplemente, pues si necesita algo se lo doy, y él está para aquí y para allá moviéndose, buscando. No es que yo le llame para que me haga un servicio, porque tampoco me hace mucha falta, ni a mi edad puedo dar ya tanto de mí. (más…)

3 womenEn el estupendo libro House of Psychotic Women, que toma su título de la película de Carlos Aured Los ojos azules de la muñeca rota, la ensayista canadiense Kier-La Janisse explora su complicada biografía utilizando como ganzúa el cine de mujeres trastornadas. Se aferra a la primera persona del singular y procede a narrarse a partir de un puñado de películas protagonizadas por locas del coño.

Fundadora de páginas web como Spectacular Optical o proyectos como el Miskatonic Institute of Horror Studies, además de articulista en revistas especializadas como Rue Morgue o Fangoria, Janisse sabe de sobra que el de terror, y por contacto todo el fantástico, es el cine más polisémico que existe. Limitarse a colocarlo en el portaobjetos del análisis académico o someterlo al plomizo ministerio de la crítica sería un desperdicio, por eso Janisse no solo conecta a su propia experiencia títulos del alcance sociológico de El ente o piezas de culto como Let’s Scare Jessica to Death sino que tiene la audacia de saltar de Ingmar Bergman a Lucio Fulci y es capaz de convocar a marginales como Doris Wishman, Andy Milligan o algún pope del eurotrash para relatar las anécdotas más significativas de su existencia como neurótica. Todo eludiendo a Freud y a Lacan para nunca perderse de vista.

Escribir es quemarse vivo, dejó escrito Blaise Cendrars. Escribir es consumirse pero también renacer de las propias cenizas. El arrojo de esta mujer es un soplo de aire fresco en el ámbito de la escritura cinematográfica, donde a menudo se olvida que escribir de cine ha de ser una excusa para escribir de todo lo demás. Y escribo esto con mucho cuidado porque tampoco quiero que suene como uno de esos pegoteros saludos de alcalde que afean las publicaciones con padrinazgo institucional, pero sí: escribir de cine es una oportunidad espléndida para hablar de cosas más importantes que el cine.

Dice Janisse que le da un poco de miedo el pensar que si alguien quisiera manipularla podría encontrar todas las instrucciones en su libro, y ante semejante compromiso con el cine, el analista más sagaz y el crítico más erudito (al fin y al cabo un chalado que se ha agenciado una estrella de sheriff) quedan reducidos a pobres diablos y a miserables policías de las películas. Somos lo que somos. Mequetrefes. Lean a Kier-La Janisse.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón


Existe una veta del cine fantástico, por lo general localizada en regiones brumosas de la Galia, a la que llamamos fantastique. Entre sus presbíteros cinematográficos mencionamos siempre a heterodoxos como Alain Robbe-Grillet o marginales como Jean Rollin, pero su demografía es de una amplitud vasta e insospechada como los sueños (donde ocurre la vida real) y traza vínculos temáticos y formales hacia la literatura siniestra, el cómic libertino, la poesía erótica, la pintura simbolista y todos esos lugares ausentes de restricciones que hicieron de las añoradas vanguardias artísticas tal cosa.

El fantastique, que germina con el vigor de la flor entre el estiércol, se distingue porque no se puede distinguir. Es un cine secreto y sagrado, esotérico, profano, jubiloso y afectado. Lleva una carga telúrica inaprensible, regatea a la conciencia, procede a un juego triangulado entre el inconsciente y el cerebro reptil y nos la acaba metiendo siempre por la escuadra, que es el lugar donde pierde su nombre la espalda y se vuelve todo un discurrir.

Les rencontres d’après minuit (Yann González, 2013) es una historia de ocultismo voluptuoso que podría describirse como una grande bouffe de existencialistas anoréxicos: una pareja de excéntricos, un sirviente travestido, una puta, una estrella, un semental y un adolescente pergeñando la orgía definitiva. Seres voraces de vida que después de zampársela la van a devolver hecha poesía en un vómito iridiscente con tropezones de sexo, sangre, subversión y pop electrónico venido de la galaxia espiral Messier 83. ¿Para qué queremos más?

Pues hay más. Les rencontres d’après minuit, como solo sabe hacer el mejor fantastique, nos arranca de un manotazo esa razón que llevamos carbonizada, la cierra en un puño y nos la devuelve hecha diamante, exceso y pornografía del alma, y es de ese modo que nos retribuye la bestia. Nos encontramos ante una mutación genérica deliciosamente petulante y muy propicia al ejercicio intelectual, pero al intelectual desnudo porque es una película que se mira mejor en pelotas, fumando un cigarrillo largo y con una erección de Pegaso.

En cuanto se haga la oscuridad, desde los primeros instantes de metraje, vamos a percibir los efectos de un chute estético flechado hacia nuestro hipotálamo, donde evolucionará como un fuego artificial que ahora nos hace escribir que ésta es una de las mejores películas que hemos visto este año, que todavía hay esperanza y que bendita la hora en que nos entregamos al hechizo.

Existe un cine diurno y otro lunar. El primero distrae las convenciones de nuestras jornadas, el otro las contradice y desmiente. Existe un cine de la tierra firme, efímero y abundante, que nos aposenta en la mediocridad que habitamos e incluso la ensalza, y otro del mar abierto, caro de ver, selecto y misterioso, que nos sumerge en simas donde embriagarse de libertad y de las que emerger convenientemente heridos. En vigor e ingenuidad ambos son equiparables, pues al cabo –metafísico- el poder creativo del hombre es poca cosa, un canal para ser y un bálsamo para estar, pero puestos a elegir es preferible esa cinematografía que fija la mirada en los abismos y, aunque no trae respuestas ni nos hace mejores porque lo que no puede ser, no puede ser, sí nos devuelve a la calle algo más cuajados y con la zozobra un poco a raya.

Georges Bataille, padre y muy señor mío que en algún momento debería auxiliar el fardo que aquí traigo, dejó escrito que “la literatura es lo esencial o no es nada”, y si bien el cine no siempre alcanza a ser literatura, en ocasiones también ha sabido sacudirse la vida y ponernos a arder. Lo ha hecho cuando ha comprendido que hay territorios inaccesibles que sólo se abren manejando la ganzúa poética, cuando no ha temido caer en el ridículo o en la inverosimilitud, cuando ha desoído ideales y comercios y se ha entregado sin reservas a “el Mal”.

El cine vinculado al mal y -digámoslo antes de que se me vayan viendo los renuncios- sea lo que sea “el mal”, es un cine que aspira a la soberanía no tanto poniendo en entredicho el consenso que nos rige como burlándolo. En teoría, eso es algo que hace o debería hacer todo el terror, que por algo es, con la comedia, el cine más apropiado para negociar con nuestra angustia y operar como revulsivo (la catarsis y etcétera); pero la dote del cine maldito es superior a la del relato corriente pues no se trata de un cine que se mire o se habite por un tiempo, sino de un cine –voy a ser cursi- a inocularse.

El cine del mal, que es un cine que vuestras mujeres no pueden entender, lo identificamos porque de algún modo sueña con destruir los límites, arrasar la civilización y celebrar la vida. Nos propone sobrepasar nuestros sentidos y trascendernos a través de la voluptuosidad, que es nuestro bien más preciado y el único con potestad para exonerarnos de la miseria con que venimos de serie. Esotérico y postulante a otros universos, nos traslada a un estado superior por medio de experimentos, anti-tramas y tedios; en ocasiones es moroso y a menudo abundante en lo erótico, y, al menos mientras todavía nos logremos sentir un poco jóvenes (ya presentaremos rendición a su debido tiempo, cuando el miedo arrecie), es un cine capaz de imprimirnos el ánimo para rebelarnos contra lo humano y liberarnos de nosotros mismos.

Las formaciones del cine de terror son diversas y en buena medida responden a circunstancias socioculturales, o al menos así suele leerse a posteriori para justificar sus excesos y atrevimientos. En observancia –inconsciente- a ese pulso común, se le van buscando combinaciones a nuestros miedos elementales, se los reencarna para que sigan funcionando como catalizadores, pero en su vivir en el mundo -y en la industria-, y aunque por definición debería transitar siempre esa parte maldita y fecunda de la que hablamos, el cine de terror también ha ido contaminándose de corrección política y de vicios a gusto y medida de comerciantes, probos hombres de empresa y negocio y espectadores, en fin, desinteresados de la imaginación, las semánticas y no digamos las polisemias. Hombres preocupados por el porvenir que temen y rehúyen, por la responsabilidad que supone, la libertad. Es por su influjo económico que hoy buena parte de la producción gestiona temas inanes, se rinde al aparato y se doblega a ese público tétrico que no acepta poner en riesgo el chiringuito. Es por eso que cada vez es más frecuente y mejor recibido un cine huero e inofensivo, semejante a esa pintura hiperrealista cuya precisión técnica opaca cualquier bosque donde puedan andar agazapados nuestros temores originales, los que atañen a la razón y a su falta. Es un cine “de miedo” dócil, estéril, servil y muy propio de estos tiempos de transacciones desorbitadas y consumo ideológico dirigido que seguimos llamando -hay que ser estúpido- “información”. Si el buen cine de terror es parecido a tener sexo con una mujer divertida, de esas otras películas saldremos, con suerte, sin novedad, pero por lo general lo haremos abatidos como llevando un bebé muerto en brazos, con plena conciencia de siervos y resignados a este error evolutivo (yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos) que nos tiene temblando desde el año cuatro. Un desastre.

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El mes pasado, Gérard Depardieu se sacó la chorra en un avión y les meó la moqueta a los pasajeros del vuelo AF5010 en ruta París-Dublín, provocando un retraso de dos horas que podría habernos salpicado a cualquiera.

Gérard Depardieu supo arrancarse de la miseria de su niñez para trasplantarse a un mundo de lujos, gloria y ambición merced a un talento natural y a esa risa comunicadora suya; pero la fama del que fuera el actor mejor pagado de Europa sigue siendo la de un ogro avaricioso que personifica todos los apetitos compulsivos que anidan en los hombres: alcohol, drogas, chicas y atención. Para saber más de sus raíces, nada mejor que volver a Los rompepelotas, exuberante road movie vandálica en la que el director Bertrand Blier supo dibujar el sentir de una generación desnortada como todas. En aquella película que le lanzó a la fama, Depardieu tocaba pelo de coño porque decía que daba suerte, mamaba de una preñada en un tren y calculaba la edad de una niña olfateando sus bragas; luego aparecía Isabelle Huppert, irresistible y muy jovencita, representando a la burguesía que requiere ser ultrajada. La peli terminaba con accidente mortal para sus protagonistas, pero un distribuidor pidió otro final porque aquellos tíos eran demasiado simpáticos para morir, no podía ser. Y así, mucho mejor, Los rompepelotas acabó por ser un canto amoral a la vida de los que ya no se hacen. Eran otros tiempos.

Yo el mes pasado habría pagado una tasa extra (otra) por asistir al tremendo espectáculo punk del actor presentando armas, pero ni es tan fiero el león, ni oro todo lo que reluce: en verdad Depardieu quiso orinar en una botellita de agua mineral pero se le fue el tiro. Y luego adujo problemas de próstata. Menuda bajona.

En CINEMANÍA

Hubo un tiempo en que los efectos especiales se hacían con las manos. Hoy no se levanta el culo de la silla ni para degollar a un tío, ni para volar un edificio ni para prender fuego a un cortinaje, porque el CGI va que chuta, pero antes era el trabajo de un hombre sobre la materia, no había otra. El cambio puede que esté regularizando un poco los resultados, de hecho está ocurriendo: nos dirigimos hacia el hiperrealismo. Igual habría que echar un poco el freno, pero no parece viable.

Viendo una vez más Videodrome, la chifladura de Cronenberg donde el maquillador Rick Baker llegaba a mostrarnos un cáncer en reacción, ratifico que aquella era una película difícil, grotesca, polisémica y muy amplia, y entiendo que en su momento se estrellase en taquilla como se estrelló, va a hacer treinta años. Cronenberg y Baker materializaron las alucinaciones de Max Renn, las hicieron carne literal y nos fertilizaron la cabeza a toda una generación, pero en un primer momento la jugada había pillado desprevenida incluso a su productora, que no le dio el trato que merecía. A veces basta con dejarlas un minuto atrás para entender las cosas y así ocurrió con Videodrome, que pronto se comprendería como profética y pasaría al Olimpo de las obras maestras e irrepetibles del cine fantástico. Y hoy, de pronto, hablan de hacer un remake. La inercia de los remakes actuales es el reduccionismo conceptual, la neutralización y la descarga, y por ello dudo: ¿Se contratará a los genios de DDT para esculpir una vagina chupacintas, o las nuevas alucinaciones serán numéricas? ¿Funcionará el discurso vírico ampliado a las últimas tecnologías?

Videodrome es una obra magna y su remake sólo será bueno y válido si repite el fracaso comercial de la original. Pero, ah, los que crecimos con el VHS le deseamos lo mejor, para que no moleste.

En CINEMANÍA

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