CÓMIC


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Desde que en 1981 zarpase en las páginas de Love & Rockets, la saga llamada Locas de Jaime Hernandez, sobre un puñado de gentes humanas en cohabitación, despecho y sentir, ha ido creciendo, depurándose y situándose muy por encima de cualquier cómic coetáneo a la vez que dignificaba el género del culebrón sin desvirtuarlo nunca, aplicándole rudimentos que a mí me gusta emparentar con los melodramas de Buñuel en México (toda esa pasión), las dosis pertinentes y finas de intriga y macabrismo y una glosa del alma humana que ya quisiera para sí –hay que decirlo- mucha de la literatura llamada tal. Aquí encarta otro tópico que es a la vez cursilada: los personajes de Jaime Hernandez son personajes pero están vivos. Y eso se ve muy bien en este libro en que las esperanzas, el arrojo y la impunidad de la juventud han empezado a remitir o a pasar factura en Hopey, Maggie, Doyle y el resto. Las chicas se están haciendo mayores o quizás lo son ya, aunque no se quieran. Es verdad que nadie dibuja coches peor que Jaime Hernandez, pero tampoco nadie es tan buen fisonomista y un anatomista tan esforzado, nadie mide y reparte tan bien el trazo y los negros, con tanta discreción (porque Jaime parece no tener conciencia, o al menos no hace alarde, de ser uno de los mejores artistas del medio), y nadie narra con tal limpieza, tan diáfano y con tanta hondura. La educación de Hopey Glass se divide en dos partes diferenciadas, la primera atiende a Hopey integrándose en su nuevo trabajo de auxiliar de maestra y la segunda a Ray, ex de Maggie, pajareando alrededor de la bobita Viv, que está más rica que todas las cosas. Ambos los dos, Hopey y Ray, desnortados; y por medio ronda Angel de Tarzana, que es lo físico y lo rotundo, el ímpetu. Se mantiene la estructura de historietas cortas y fragmentarias que ha ido conformando la ya madura saga de las “locas” como un límpido puzzle de humanidad que el lector organizará en su cabeza, pero el libro es de tal altura que su lectura aislada es también posible y gozosa. Las revistas llamadas de tendencias suelen venir llenas de hipérboles y de frases hechas y no tienen credibilidad ninguna, pero, ya que esto no es una crítica sino una reseña sentida, voy a intentar transmitir mi entusiasmo: La educación de Hopey Glass es el mejor tebeo y puede que uno de los mejores libros no sólo del año pasado, sino del que viene. Y vale ya con el eufemismo de “novela gráfica”, por favor.

En VICE

Aunque es verdad que a todo buen tebeo le sobra cualquier banda sonora, porque ya la lleva, yo hoy leo Súper Puta mientras escucho a Pierre Henry, músico al que se cita porque su Psyché Rock se incorporó como sintonía de Futurama pero autor también de otras piezas brillantes compuestas a base de goznes de puertas que de repente vienen muy bien como red de seguridad para esta lectura. Pierre Henry es uno de los padres de lo que a finales de los cuarenta se llamó “música concreta”, algo hoy asimiladísimo pero entonces, al parecer, novedad. Y a estas alturas, quién lo iba a decir, esta puta enmascarada de piel amarilla también suena a pionera, aunque no lo sea ni falta que le haga. El de qué va es lo de menos. Manel Fontdevila, conocido por su trabajo semanal y ortodoxo en El Jueves, dispone aquí un psicodrama con todas las letras y un par de huevos, una antitrama que se teje sola, entroncada con la psicodelia y con el surrealismo en su intención fundamental de desnudar el alma o arrancarse la piel a tiras, y que no se puede llevar a cabo si no se tienen la mano rota y la cabeza como una piñata, llena de dulces y de hostias, bien nutrida. Decía otro tío francés que se escribe para destruir, para matar a los monstruos que se nos agazapan en las horas y en los días y bajo los muebles. Súper puta, que tiene mucho de autoanálisis, va un poco por ahí. Funciona como un engranaje soluble donde la historia misma se hace conciencia y se pone en cuestión, aunque, bah, no creo ni estar explicándome. Para atrapar al lector en un viaje tan rocoso, Fontdevila se ve obligado a uno, dos, tres hallazgos, cuatro intuiciones por páginas, un gag tenue, una tía en pelota todo el rato. Y así pone levedad en el drama, porque es obligatorio entregarse al humor cuando se habla de trascendencias. Las páginas de Súper puta son ruidosas, pero es un ruido concreto, que se ablanda y se enroca y tira millas en el pincel suelto y en la profesionalidad del narrador, quien, por otra parte, es un perro ladrador, un señor que se caga en los santos pero que permanece instalado en torno a la afabilidad porque no le queda otra, porque es un hombre benemérito y cordial, se quiera o no. Esto es así. Y se me acaba el espacio. La conveniencia de un libro todo él riesgo y tumulto como Súper puta, en fin, es incuestionable. En la carrera del autor y en las librerías, porque ya tocaba leer despacio una historia vertiginosa, verdadera, tan concreta como aleatoria y cosa buena. Del tirón. ¡Qué tebeazo, oiga!

En VICE

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A Crumb se vuelve siempre como se vuelve a Rohmer, a Melville, a un viejo y sabio profesor, al padre muerto o a una ex remaneciente. Porque cualquier excusa es buena para frecuentar cada dos por tres a esos artistas capaces de emitir una reflexión lúcida y diáfana acerca de la condición humana, a los que lo hacen de forma distraída mientras se la cuestionan, la condición; a esos hombres que nos hacen crecer y a esas mujeres que nos achican. Desde sus neurosis y su tendencia al autismo, Robert Crumb lleva toda su vida dibujando tebeos en los que discierne, destila y representa la fascinación que la belleza y la condición femenina ha despertado siempre en él. Lo ha hecho –claro- en base a su propia sexualidad, que él mismo entiende como atípica (“La verdad es que el normal, el sexo rutinario, nunca ha significado mucho para mí.”), y, sobre un fondo de agradecimiento al otro sexo por el mero hecho de existir, ha logrado una obra que es un machihembrado glorioso, una mirada profunda y masculina al milagro estético, ético y neurasténico, al sentimiento sagrado, que la mujer supone para el hombre. Pero basta de prosaísmos. Gotta Have’Em. Portraits of Women by R. Crumb ni siquiera es un libro de historietas sino un bestiario cronológico que empieza con un retrato de Dana, fechado en 1964, y se cierra con uno de Sophie, la hija del autor, realizado en 2002. El resto del volumen es un viaje por mujeres que en algún momento han hecho acto de presencia en el entorno del dibujante, obsesionado por aprehender la vida y el tiempo que las rodeó. En el conjunto hay retratos de trazo tembloroso que acusan la caricia distante dedicada a esa mujer durante unos instantes, en otros casi se puede escuchar la plumilla rasgueando el papel, y hay alguno larguísimo y sosegado, aprovechando el dibujante que la modelo duerme o que está en una foto para modelar los volúmenes con todas esas rayas finas que suele y que tan bien le funcionan. La pulsión sexual -que es la misma que la estética, eso se sabe- es el cimiento del libro, que es un libro vampírico con una presencia física a la altura, agradecido en las manos, con el gramaje exacto, la textura recia y noble, una portada superior y unas guardas rosadas ideales como zaguán. Salió hará como cinco años (cosa de Greybull Press) en una edición limitada a 5.000 ejemplares y en otra de 100, encofrada y con la firma serigrafiada del artista. Salió hace cinco años pero a mí me lo acaban de regalar, y no hay quien lo suelte.

En KISS COMIX #193

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Hace ya veinte años de Mechanics. Penny Century (antes Beatriz Garcia) ha dejado atrás sus ínfulas de superheroína y tiene una peluquería. Mientras, Maggie, más gorda que nunca, trabaja para la inminente viuda del multimillonario cornudo H. R. Costigan, y Hopey sigue enfurruñada con el mundo desde su candor andrógino (o así).

Penny Century parece un título derivado (un spin-off, que dicen), pero no es más que el devenir acostumbrado en la existencia de las locas, ahora con la rubia cañón en el epígrafe, pero siempre cruzándose con el resto de personajes del microcosmo de Love & Rockets. Como cualquier saga, andamiada o de esqueleto orgánico como es el caso, la de las chicas del barrio tiene sus altibajos, pero el seguimiento humano, las vetas dramáticas, las acciones fragmentadas y la materialización naturalista de metáforas de que se sirve el más moderno y a la vez el más clásico de los bros consigue la inmersión automática del lector, como quien monta en bici de nuevo. En lo gráfico, los ardides de Jaime están sobre la mesa: un imbatible blanco y negro extractado, una decorosa puesta en página de dos por tres (dos por cuatro para interludios y chascarrillos) que apuesta por la síntesis emocional y la coerción de la acción a la manera de un viejo tebeo infantil, y un dibujo costoso en lo material pero capaz de las anatomías femeninas mejor trazadas del mundo. Y lo más importante, la conquista continua de eso tan difícil, casi esotérico, que los dibujantes llaman “el gesto”. Cuesta desprender la mirada de la viñeta y mantener el ritmo de lectura cuando eso ocurre, pero no, no se trata de un defecto, acabáramos, sino de un milagro en blanco y negro.

En TRAMA

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La de Fletcher Hanks es una historia recóndita y singular. Dibujante de tercera en la Golden Age del comic-book yanqui, hoy es noticia gracias a la recuperación de su obra que ha hecho Paul Karasik, el mismo que con David Mazzucchelli adaptó al cómic La ciudad de cristal de Paul Auster. I Shall Destroy All the Civilized Planets! recoge historietas suyas de entre 1939 y 1941, protagonizadas por personajes como Stardust the Super Wizard, Fantomah: Mistery Woman of the Jungle o Buzz Crandall of the Space Patrol. Además del atractivo del comemierda (Karasik ha descubierto que el tipo era un mal bebedor, maltrataba a su mujer y se piró de casa tras robarle los ahorrillos a su hijo de 10 años, para morir tiempo después enfriado en la calle, con 90 a cuestas), su valor estriba en el magnetismo de su técnica, burda y mínima, estancada en el dibujo y demente en el color, en su recio sentido de la maravilla y en lo temprano de un delirio que parece anticiparse en tres décadas a la lisergia que nutriría cierto cómic europeo durante los 70. Ci-fi de derribo y aventuras selváticas que son, invariablemente, ejemplos de caos y punición de hálito mitológico. Los villanos son cándidos afanosos de oro y joyas que quieren devolver al mundo su cualidad salvaje, lo mismo invadiendo NY con 50.000 panteras que deteniendo la rotación terrestre. Abundan los bombardeos aéreos (estamos en plena Guerra Mundial) y los superpoderes son coyunturales rayos mentales, invisibilidad, teletransporte, telequinesia, laboratorios interplanetarios detectores del crimen y lo que haga falta. Pero lo mejor son los castigos que el héroe aplica al facineroso de turno: convertido en rata, atomizado o incluso, en colmo del sadismo, suspendido en el aire -porque sí, es una de las constantes- junto a los espectros de sus víctimas. En lo narratológico, el deus ex machina es norma, la inverosimilitud credo, el subtexto mensaje y cada viñeta un punch. Todo el poder del arte bruto y marginal en forma de cómic. Un fenómeno.

En VICE. Volumen 1, número 4.

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Asuntos como el inconsciente relacional o el concepto de terceridad se combinan con la noción de La Guasa Pura y el eclipse cultural de España en las sesiones de psicoanálisis que sigue Carlo Hart. El genio creador de Sancho de Sánchez en las páginas de El Víbora y miembro fundador de Mal&Cia, portavoz último del absurdo y el esperpento en forma de tebeo, se nos encomienda en busca de alguna verdad.

¿Cuánto llevas psicoanalizándote? Cuatro años. A las puertas del nuevo milenio decidí que era el momento de actuar. Siempre me interesó el psicoanálisis, date cuenta que vengo de una familia donde la paranoia está muy bien vista. Mis padres me descubrieron de niño ojeando el Tótem y tabú de Freud. Debo confesar que no entendí nada, pero me gustaban tanto las fotos. ¡Toda aquella gente bailando sin control me emocionaba profundamente! ¿Se trata de autocontrol? Según mi psicoanalista, el insigne Dr. Juan Antonio Portuondo, la finalidad del psicoanálisis es muy modesta: la gente enferma porque no es capaz de ser quien es. En estos momentos, yo no soy Carlo, Carlo eres tú, y eso no está bien. ¿Y qué hay del azar, conviene obviarlo? Por supuesto. ¿Cómo pagas las sesiones? El psicoanálisis debe ser caro, forma parte del proceso terapéutico. El compromiso es curativo. Una de las razones por las que la sociedad está enferma es porque la gente ya no se compromete. ¿Lee tebeos tu psicoanalista? ¡Pues claro que no! El Dr. Portuondo vive instalado en una época anterior a la cultura popular. Piensa que nació en Cuba, en 1920, se psicoanalizó con uno de los discípulos de Anna Freud, trabajó con el famoso psicoanalista judío John Rossen. Es un personaje extraordinario. Ha escrito más de treinta libros, centenares de artículos, es doctor en medicina, en psiquiatría, en filosofía… ¿Tiene barba? Como todo psicoanalista de prestigio internacional lleva una barba blanca que supongo se quita cuando no trabaja. En abril de este año se me ocurrió enseñarle unos cinco o seis cuadernos relacionados con mi terapia, en los que yo escribía y dibujaba sobre lo que habíamos hablado en cada sesión. Le gustaron tanto que decidió organizar un seminario de un mes llamado Psicoanálisis grafico, en el que se analizaba la relación entre los mecanismos inconscientes y el proceso creativo, se proyectaban mis dibujos y los comentábamos para el respetable. ¿Qué patologías presentas? Una noche estaba hablando con una persona en un bar y de golpe aparecí en un banco público en la otra punta de la ciudad. Eran las seis de la mañana, habían transcurrido cinco horas de tiempo real, pero para mí fue apenas un instante. Al regresar al lugar en el que yo creía haber dejado a mi amigo, la nuca de un hombre con el que compartía vagón en el metro empezó a hablarme, balbuceaba. No pude entender lo que quería, pero estoy seguro de que era importante. ¿Hasta dónde llega tu indiferencia? Hasta allí al fondo, donde está aparcada esa moto. La especie humana está de prórroga, pero, ¿para qué? Una pregunta extraordinaria, suprahumana. Me recuerda a aquella canción de Mose Allison: “Desde que se acabó el mundo ya no salgo tanto como antes”. Cantémosla, sé que te la sabes. ¡Cantemos como hermanos! ¿Qué tendrá que ver el humor con todo esto? El humorista está en contra de toda forma de poder, dice lo que nadie se atreve, y la gente solo se ríe de lo verdadero. Y cuanto más elevada es la verdad que se pretende comunicar, más absurdo se vuelve el humor. Por eso yo soy un humorista absurdo. Desde el pozo miro y me río.

En TRAMA

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Al dibujo del francés Joann Sfar le coleaba yo mismo hace un par de meses calificativos como anímico, variable, feísta a ratos y vivificante por lo general. El juicio venía a cuento de Pascin, la biografía figurada del pintor búlgaro Julius Mordecai Pincas (1885-1930), que fuera parte de la comunidad bohemia de Montparnasse a principios del XX y practicante de modalidades artísticas como la caricatura erótica. Pascin, ya lo dijimos, es un tebeo emotivo y espontáneo, en el que Sfar se deja mecer por sus apetencias, lo mismo como dibujante que como narrador, para resultar en un libro fragmentario y efímero como el pensamiento, pero que sugiere, página a página, la trascendencia y la permanencia de las ideas. Pascin fue publicado en Francia por entregas, entre 1997 y 2002. Aquí se editó hace unos meses en un álbum único que ahora se ve complementado con La java bleue (Ponent Mon) séptimo volumen original que en su traducción castellana se presenta como una suerte de epílogo violento y salvaje. Sfar, enmascarado en la existencia libertina y despreocupada de Pascin, desgrana el hecho creativo a través de la fisicidad, reflexionando sobre la sensualidad a la vez que la pone en página. Busca y encuentra palabras concretas a sus consideraciones sobre el dibujo, que para él es una necesidad vital como el agua o el respirar, y de pronto, al pasar página, ahí está la prueba de sus arrebatos, en una acuarela rocosa, en un retrato casual, robado, o en una gama de color que invoca la enfermedad. A Sfar la mano le va sola, como el diafragma, y eso supone que las ochenta páginas de La java bleue sean, a la vez que un modesto, caprichoso y subjetivo tratado sobre el arte, un dechado de sexo puro e impuro, una analogía poderosísima en la que el semen, la analidad, la suciedad biológica y el poder de las pasiones se encarnan en uno de los tebeos más estimulantes que este escribidor ha leído en tiempo.

En KISS COMIX #184

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