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Lo de Iñárritu debe de estar avergonzando a medio México pero el fenómeno también resulta interesante porque habla de otras cosas, del colosalismo como arte opresor, de la épica empresarial y de la urgencia de poesía que quiere atribuirse alguien sin más urgencia que la de clase.

El renacido se dice que está vacía pero es peor, está llena de nada. Se trata de una peli blanca atómica  que en lugar de Iñárritu podría haber hecho Apple. Lujo para las masas. Alto diseño a tu alcance pero carísimo a largo plazo porque el cable lo tiene corto. Cine programado para la obsolescencia, que es el momento en que nos damos cuenta de que grandeza y grandilocuencia eran términos contradictorios y que la poesía es un dios oculto, otra cosa, algo que a señores como este no les cabe en la cabeza.

El renacido, que se funda en una extrañeza de cámara para abrumar a escolapios, es la mejor película que va a hacer nunca Iñárritu y por tanto una de las peores que vamos a ver nunca, porque este señor con el jersey sobre los hombros es su propia víctima, alguien que cuanto mejor lo hace peor lo está haciendo, y no porque se trate de uno de esos directores sin voz sino por todo lo contrario, porque tiene firma y aplomo y un discurso de telenovela que hace usufructo de lo que en su barrio llaman desfavorecidos, que son aquellas personas a las que otras personas utilizan para sentirse mejores, más personas. La caridad católica de toda la vida, los indios ya se lo saben y se descojonan, para qué indignarse. Lo de Iñárritu es, de tan minúsculo, una pena muy grande.

En CINEMANÍA

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