star wars
Aunque algunos me gustan mucho, sobre todo si sale Tom Cruise, tengo muy claro que los blockbusters pueden matar. Lo llevan en el nombre. Un blockbuster es una película acorazada, magnética y tentacular que no se anda con miramientos, un leviatán bíblico que emerge y aniquila todo a su alrededor, monopoliza la atención de los periodistas, rapta la imaginación de los niños, arrasa con la dieta de sus padres y vulgariza los sueños del planeta.

Todavía no he visto el tráiler de Star Wars. De hecho he sabido que existe solo porque varias personas me han hablado de su hartazgo. No puedo más, me han comentado. Estoy hasta los cojones, me han llegado a decir. Al parecer, la omnipresencia de la pieza es absoluta, la promoción gratuita y voluntaria del proletariado en las redes sociales se valora en cientos de millones de petrodólares y la exhibición de fuerza, nunca mejor dicho, está siendo apabullante. Mataría a John Williams con un serrucho oxidado, me confesaba un colega sumido en la desesperación.

A principios de los años 60, el departamento federal de justicia de los EE.UU. decretó que el sistema de estudios que había reinado en Hollywood estaba violando las leyes del libre mercado y obligó a cerrar muchos cines propiedad de las grandes productoras, abriendo así el camino a la producción independiente. Los grandes estudios respondieron subcontratándose para los pequeños, prestaron su intendencia, instalaciones y servicios de distribución a cambio de porcentajes. Lo atípico de la situación permitió que en su seno salieran adelante guiones poco antes tan improbables como el Grupo salvaje de Walon Green, mientras la escena independiente ponía en cabeza de la vanguardia una peli de porreros significativamente titulada Buscando mi destino. El cine, hasta el momento solo un negocio, empezaba a enfocarse como algo más. Se había desprendido de los peajes del mercado, conquistaba libertades y sus hombres trabajaban ahora como trabajan los artistas, es decir, sin trabajar, dejándose poseer por una historia y permitiéndose que les llevase a quién sabe dónde, nunca al revés. Pero la ilusión se desmoronaría en poco tiempo. Una generación emergente capitaneada por lobos con piel de cordero amamantados delante de la tele como Georges Lucas y Steven Spielberg, gente de poca vivencia, recuperarán ese modo de hacer películas que no es tanto hacerlas como diseñarlas, prefabricando obras de ingeniería faraónica que se volverán a querer, antes que nada, rentables. Y hasta ahora.

Yo el trailer de Star Wars no lo he visto pero sí he leído que la penúltima maniobra de la confederación Lucasfilms / Disney ha sido organizarle una proyección privada a un enfermo de cáncer que según los médicos se moría por ver la peli. Es decir, que se iba a morir antes de verla. J. J. Abrams, que por otra parte me parece un director de excelencia, ya habría concedido un deseo similar a otro moribundo que hace unos años cursó su último deseo de ver Star Trek antes de su lanzamiento. El muchacho fallecería días después de concedida la solicitud, abrochando de sentimentalismo una campaña publicitaria perfecta que hoy me lleva a preguntarme si todo este asunto de las galaxias no estará siendo ya un cáncer cultural y una metástasis y un demonio, y que cuánto mejor habría sido el mundo de no existir las cansinas tropas imperiales.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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