nazarin

Adorable en su falta de malicia y odioso en su sobrante de bondad, el Nazarín de Buñuel sigue siendo uno de los personajes más fascinantes de la historia del cine. Lo es por su ambigüedad, porque es moro y es cristiano y no se sabe si místico o haragán, porque es caritativo y es limosnero, idealista, apostólico y romano pero también angélico y librepensador. En la novela de Galdós, de hecho, la primera vez que el narrador divisa su figura en la ventana no sabe determinar si es un hombre o si es una mujer.

Con sus putas por apóstoles, Nazarín es un caballero andante, es el reverso de un samurái y yo creo que es también un torero aunque lo suyo es el toreo interior, un camino espiritual que se mira en las vidas de los santos pero sobre todo en la suya propia como hoy se miran Sebastián Castella o José Tomás, un diestro, este último, ajeno a las supersticiones, sin filiación religiosa conocida, discípulo de Mishima y resistente, entre otras cosas, a bailar el agua a la apestosa prensa del corazón o a que se televisen sus corridas, algo muy pertinente porque los toros por televisión solo pueden mostrarse pero sería imposible explicarlos. El cine sí podría ser capaz de transmitir parte de su grandeza, aunque todavía no ha sabido hacerlo pese a la abundancia que un día hubo de un cine popular taurino.

John Huston habría podido cuajar una buena faena en ese sentido, se me ocurre, aunque a día de hoy le iba a ser muy difícil levantar un proyecto semejante. Hoy es todo muy difícil. Leyendo el manual de tauromaquia que en 1796 dictó Pepe-Illo, un hombre que no sabía escribir pero sabía torear y que fue el primer teórico útil del asunto, se hace inquietante comprobar que quienes entonces se mostraban contrarios al toreo y ponían el grito en el cielo acusándolo de barbarie lo hacían aludiendo a que en la lidia algunas veces llegaba a morir… un hombre. Hoy se piensa de otra manera.

John Huston, que había visto torear a Manolete, también vio un día Nazarín en un pase privado y a continuación se apresuró a llamar a Europa para explicarle a todo el mundo que aquella era una de las mejores películas de la historia del cine y sin duda la mejor que se había hecho nunca en México. Guillermo del Toro, otro mexicano ilustre -y de apellido que me viene al pelo para seguir asociando ideas tal y como se suceden-, decía hace unos años que Nazarín, paradigma de lo que él considera un buen guión, no sería hoy una película bien apreciada porque el espectador actual necesita que los personajes se le expliquen, de ningún modo le basta con que se le muestren.

Hoy es todo muy difícil, pero la ambigüedad de Nazarín sigue siendo fascinante porque sus armas, como los toros, las lleva en la cabeza. En este caso la nuestra.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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