espiritu

Lo contrario de la oscuridad es el cine, esto lo sabe cualquiera. Y mejor que nadie lo sabe Víctor Erice.

A Víctor Erice una vez le pidieron una película de miedo y él respondió con una explicación. Fue El espíritu de la colmena, una fantasmagoría chinesca que sucedía en los dominios de la infancia donde el cineasta tuvo la audacia de sumar a la figura mitológica de Frankenstein y a la no menos colosal de Fernán Gómez la presencia intrigada de Ana Torrent, una niña que frente a la cámara se reveló con el superpoder de no parpadear jamás para no perderse nada nunca.

Cuando le ofrecieron aquel guión, Fernán Gómez se mostró encantado pero dijo que no entendía un carajo, que ni en significado ni en desarrollo, cosa que a Erice le pareció estupenda porque así la experiencia cinematográfica se acercaría más a la experiencia real, a la vida misma, donde sabemos lo que vivimos pero de ningún modo lo que significa ni en lo que puede desembocar. Luego al actor la película le gustó muchísimo como nos gustó a todos, precisamente por lo que no explicaba. Diez años después Erice hizo la mitad de otra película, El sur, que se convirtió en un caso claro de paralipsis (el no te digo nada y te lo digo todo) cuando por cuestiones presupuestarias quedó inconclusa, por explicar, y en sus incógnitas nunca despejadas se hizo más redonda, más película y más fundamental.

Tuvieron que pasar otros diez años hasta que Erice hiciera un tercer largometraje, El sol del membrillo, que en su día me gustó tanto que volví al cine y esta vez me llevé a mi madre. Mi madre planchó la oreja porque es una mujer de conciencia tranquila, pero yo caí de nuevo hechizado ante tanta minuciosidad, la precisión, lo obsesivo y aquel delirio de mismidad, el situarse en el artista, en sus gestos vacilantes y en sus aproximaciones a la verdad. El sol del membrillo es una de las películas más luminosas que pude ver de chaval porque me pareció entenderla como un cine de la espera y un cine de las manos, de mirar a una persona manos a la obra y de ver gente trabajando, que es algo que nos gusta mucho hacer a dos de cada tres españoles. Mirar dibujar a un hombre es el más grande espectáculo del mundo, lo era en el colegio, pero lo bonito del membrillo éste es que de alguna manera rarísima fracasaba en su realismo para acercarse a aquello de Wilde de que la verdadera escuela del arte no es la vida sino el arte.

Que yo sepa, Víctor Erice solo tiene estas tres películas que son como una santísima trinidad del cine español, un tópico que seguro que ya se ha escrito antes pero que define muy bien esta filmografía tan manejable de tres películas quizás algo atribuladas pero también intocadas por el tiempo, en cada una de las cuales la duda se hace visible, donde el artificio alumbra el misterio para darnos a ver las cosas como son, la vida como se va dando.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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