Gone GirlCuando un personaje cumple años en una película modesta se le canta que es un muchacho excelente y que siempre lo será, y se resuelve así la efeméride por imposición presupuestaría, ya que el “Cumpleaños feliz” de las hermanas Hill está bajo registro y hay que apoquinar cada vez que suena. Tal vez ocurre algo parecido con Internet, un medio que se lleva de pena con el cine y que ha relevado al cacharro trapisóndico de los microfilmes y la visita a la biblioteca ominosa con una búsqueda en el portátil, recurso que en pantalla da muy soso, que no hace atmósfera y que canta a escena de tránsito se mire como se mire.

La cosa está de esta manera: si una película no tiene un chavo tendrá que inventarse un buscador peregrino que costará un pellizco, el del diseñador que deba recrear esa web que, por sobria que sea, nos chirriará como cuando uno entra a un bar y pide “un refresco de cola”, a sabiendas de que opciones sólo hay dos y que el resto es aguachirle. Si en cambio se trata de un thriller con posibles, de esos que se quieren verosímiles en las minucias (una maniobra narrativa muy artera que legitima el irse luego de madre en lo capital), la investigación va a empezar siempre en Google. Es el caso de esa simpática y petarda serie zeta vestida de seda que es Perdida, por poner un ejemplo reciente que habría podido amplificar su discurso si a Ben Affleck le hubieran saltado a la vista unos pop ups para encontrar chicas de su ciudad.

Me pregunto cuánto va a durar este absurdo y dictamino que en adelante todo el cine sea de época. Que paren máquinas. ¡No nos representan!

En CINEMANÍA

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