Robin WilliamsEn la muerte de Robin Williams hemos podido leer no sólo las necrológicas habituales sino una sarta de cruces y reflexiones ante la circunstancia. ¿Cómo entender el suicidio de alguien con éxito, dinero, fama y reconocimiento?, se preguntaban los editorialistas demócrata-cristianos. Y a continuación listaban adicciones, depresiones por diagnosticar e incluso impelían a “salir del armario” a los famosos con problemas psiquiátricos. Para dar ejemplo. Esto yo lo he leído este verano.

Robin Williams siempre me provocó rechazo. Su trabajo, ya fuera en el drama o en la comedia, me parecía sombrío y esquinado, su presencia me provocaba náuseas. Eso no quita que pudiera comprender las dimensiones de su talento y que hoy me parezca todo mucho más sencillo: que la materia prima de un cómico es la tragedia, un material que cuando se pule con ahínco se puede ir de las manos. Como esa pastilla de jabón con la que luego alguien va a partirse la crisma.

El morbo y la inquietud que supone una defunción inesperada, sumado a la imbecilidad que asola a la prensa todo el año y crece en agosto, ha puesto a buscar causas y razones a esos plumíferos que en sus tribunas han determinado, sin más, que es que no prestamos la atención debida a las enfermedades mentales, que en su catálogo son todas y más, incluidas la tristeza, la melancolía, la lucidez o la angustia existencial. Un minuto de silencio habría bastado para recordar que los grandes cómicos, la mayor parte del tiempo, ríen por no llorar.

En CINEMANÍA

Anuncios