Max LinderAntes de despachar su Napoleón (1927), Abel Gance realizó una fabulosa película donde, entre otras ocurrencias, Max Linder intentaba envenenar a una serpiente. Envenenar a una víbora. Pensemos en ello.

El castillo de los fantasmas (Au secours!, 1924) era y es un cortometraje oscilante entre el humor y el espanto en el que el cómico aceptaba la apuesta de un club de caballeros consistente en pasar una hora antes de la medianoche en una mansión encantada, una idea del propio Linder que sirvió a Gance para poner en escena trucos de cámara y de revelado y un sinfín de ocurrencias de escenografía que daban pie a gags grotescos y metalingüísticos, pero también pavorosos y muy inquietantes desde la perspectiva del tiempo.

Al cine mudo, que a veces miramos con esa condescendencia estúpida de hombres del futuro, parece que le falta el sonido pero en realidad es al resto del cine al que le falta lo que tiene el cine mudo, que es una cualidad esotérica que no se percibe ni en los códices polvorientos, ni en los viejos discos de pizarra ni en los lugares en ruinas. El cine mudo, que se rodó siempre sin prisas (a 16 o 20 fotogramas por segundo), es todo un espectáculo y lo es porque a nuestros ojos no puede ser realista, de algún modo ha dejado de serlo, lo cual es una virtud porque el realismo niega en su misma razón de ser todo idealismo. Rodado, además, en una época en que la industria de los sueños empezaba a erigir sus mitologías, aquel cine desvaído, discreto, un poco vestido de etiqueta y un poco ausente pese a que, como los recuerdos, siempre está ahí agazapado en relativo silencio, esconde fascinantes historias intestinas y tragedias a todo color.

En El castillo de los fantasmas, sin ir más lejos, el protagonista mantenía el tipo hasta el último minuto, cuando en llamada telefónica su prometida le comunicaba que estaba siendo acosada en su propia cama por un monstruo. Linder caía en la mezquina trampa de su contrincante, pulsaba el botón de emergencia y con ello perdía la apuesta.

Un año después, en la noche de difuntos de 1925, atormentado como tantos grandes cómicos y, en su caso particular, neurasténico y víctima de una severa depresión tras su paso por la Primera Guerra Mundial, el Linder de carne y huesos amanecía desangrado en la habitación de un hotel de París junto a su esposa en la vida real, con quien al parecer tenía un pacto de suicidio.

Se cuenta que entre la última correspondencia enviada a su familia, el que fuera primer rey de la comedia había escrito que creía haberse casado con un ángel pero que en realidad lo había hecho con un monstruo. Y es en estas pequeñas informaciones donde el cine mudo se hace incandescente y entendemos que hombres como aquellos también fueron, como no podía ser de otra manera, personas modernas como nosotros.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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