sorcererAl cine en casa hay quien lo llama también cine planetario. La compresión del espacio y el tiempo, la democratización de la cultura, la revolución digital, el mundo pantalla… Todo esto es palabrería que usa Gilles Lipovetsky, filósofo contemporáneo y francés, para explicar la sociedad occidental y sus anhelos y servidumbres tecnológicos. Muchos años antes, un colega suyo estadounidense, Lewis Mumford, nos había hablado de la megamáquina, una superestructura concentradora y organizativa de todas las fuerzas que rigen nuestra civilización. La megamáquina confunde por defecto ciencia y conocimiento y en su funcionamiento entraña la observancia estricta de las jerarquías sociales, políticas y económicas. Se trata de un ingenio colosal e intangible del que todos formamos parte y que alienta nuestro inexorable rumbo a peor.

Lipovetsky denomina hipercine al modo en que hoy confeccionamos y consumimos los relatos y se muestra optimista en cuanto a la proliferación de pantallas en nuestras vidas, básicamente porque, a su decir, el cine es emoción y siempre ha sabido adaptarse a todas las revoluciones tecnológicas. El suyo es un discurso subyugado al poder que representa la megamáquina, que omite matices y que no teme al colapso porque no cuestiona la irracionalidad de algunas transformaciones, sin ir más lejos la que implica el mundo digital, un espejo de narciso que el filósofo coreano Byung-Chul Han, otro invitado a la fiesta de la democracia, define como un camino seguro hacia la depresión porque en ella el otro desaparece, lo cual nos comporta la pérdida del eros y… ¡Ah, pero esto empieza a ser un tostón!

Lo que vengo a decir es que la tecnología es fabulosa como herramienta pero odiosa en su tiranía, y que un poco de resistencia siempre viene bien y que el cine donde mejor se mira es en la sala cálida como una vagina de paredes rojas y pasamanería dorada, un espacio psíquico ajeno al dominio del sol, que puede estar lleno o puede estar vacío y que intensificará la comedia y el terror si ha completado el aforo, que hará más misteriosa la liturgia si tiene telón, si atendemos los labios mayores de ese telón abriéndose que no deja de ser una tecnología textil que ya no se lleva porque tampoco hace falta, pero que hasta ahora venía muy bien para recordarnos que el cine no es el resultado de una tecnología exterior sino que es ella la que se debe al cine, o lo que es lo mismo: que son las novedades tecnológicas, cada una de ellas, quienes hasta ahora habían ido siendo conquistadas según las necesidades de la farsa. Nunca al revés.

Por mucho que se diga, las películas en casa o en el cacharrito son un diferido que lo ves y lo sientes pero que no estás viviendo, porque donde mejor se vive el cine es fuera de casa y de uno mismo, donde mejor se ve el cine es todavía en el cine, en esa pantalla que es siete veces más fuerte que tú, y esto no es una cuestión sentimental ni de costumbres sino de experiencia, que es la que nos ha enseñado que una de las claves que hacen del cine algo excepcional se localiza, también, en el pequeño desamparo que nos sobrevendrá cuando se enciendan las luces.

Y esto es lo que tendría que estar explicando la filosofía pero ya no se acuerda.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

Anuncios