salamancaEn la primavera del año que viene se van a cumplir las bodas de plata de las famosas Conversaciones de Salamanca, un congreso promovido por lo que se llamaba Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, el IIEC. Allí se reunieron unos doscientos profesionales entre los que se contaban luminarias del nivel de Fernando Fernán Gómez, Basilio Martín Patino, Juan Antonio Bardem o un joven Carlos Saura, todos debatiendo en torno al aislamiento -no sólo del mundo sino de su propia realidad- que vivía el cine español de entonces, cansino y abundante en clichés, sainetes, recreaciones históricas y paparrucha folclórica muchas veces al servicio del régimen. Un cine, a decir de Bardem, “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”.

El espejo en que se miraban los nuevos cineastas de entonces era el neorrealismo italiano, pretendiendo que aquella tendencia era intercambiable a cualquier país y olvidando que el rodar en la calle y a caraperro eran modos un poco espontáneos que habían nacido de la necesidad, de la pérdida de infraestructura que había conllevado la guerra mundial. En España ocurre mucho, lo de mirarse fuera, pero es normal porque dentro nunca se ve nada claro, se vive a tientas.

El empeño y la obligación de cada nueva generación es matar al padre para encontrarse el timbre, pero en el afán de la juventud enseguida se confunde el ser uno su propio custodio con el caminar por la vida como se camina por un centro comercial, bajo luces artificiales que nos escatiman la sombra, un poco empanados y con los cascos puestos, cuando así se corre el peligro de no escuchar venir la propia ambulancia.

Una cosa es escupir lejos y otra muy distinta ser tonto de baba, esto hay que saberlo, y a partir de ahí es importante insistir en ese tiempo de arrogancia de la juventud, ser un poco insolente y un poco audaz, aplazar la responsabilidad y a los mayores primero ningunearlos para conquistar en ello nuestro derecho a rectificar… cuando sea demasiado tarde.

Luis García Berlanga, que en 1955 también estuvo en Salamanca promulgando que el cine español era una puta mierda, haría acto de contrición en sus memorias reconociendo que aquel congreso del que salieron todos tan contentos había sido uno de los mayores errores históricos de lo que hoy un parguela llamaría “nuestro cine”. Según él, las dichosas Conversaciones, que forzando las circunstancias acabaron por resultar influyentes en la industria, echaron por tierra para siempre la infraestructura profesional con que se había contado hasta entonces, dando paso “a las cosas del niño que se empeña en dar su mensaje, su discurso”.

Hoy es difícil determinar hasta dónde ha llegado el influjo de aquella reunión de niños pijos, legisladores que en su abrirse camino quisieron ser presa de contención de un cine popular que germinaba naturalmente en el seno de la sociedad, pero vuelta atrás tampoco hay.

El IIEC, que en su día perteneció –qué te parece- al Ministerio de Información y Turismo, bajó persiana a mediados de los 70 y sus actividades fueron transferidas a la Facultad de Ciencias de la Información…

“A mí me parece muy bien que se quiera ayudar a los jóvenes —remarcaba el director valenciano—, pero creo que es un error hacer leyes de cine. De cine y de lo que sea. No debería haber leyes”. Y a esto sólo hay una respuesta y está en hebreo: ¡amén!

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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