sueñoLuis Buñuel, siempre despierto, lamentaba el no poder orientar sus sueños según sus deseos, y aseguraba que en caso de poder hacerlo no querría la vigilia para nada, para qué iba a quererla. Para encarrilar los sueños hay técnicas de sugestión que tras mucha práctica pueden dar resultados aproximados, pero siendo rigurosos y atendiendo a la experiencia hemos de concluir que no, que los sueños no se dirigen, que son ellos los que llevan nuestras riendas.

Se dice que el cine se parece mucho a los sueños pero yo creo que tiene más que ver con las cajitas de música, con el embobarse ante la fantasmagoría y el ingenio en floración de las luces danzantes. El cine sueño no es, se sabe que es la vida lo que es sueño, y aunque el cine nos da a ver, caramelizados, los sueños de los demás, los sueños propios están condenados a no ser más que recuerdo. Lo que sí ocurre mucho en el cine es que se duerme uno con frecuencia.

Llegados al meridiano del festival, algo exhaustos de celebración y filmografías, en las películas de la tarde se hacen inevitables esas cabezaditas frugales que se van dando a medida que las llamas se hacen brasa y el relato pasa de sirope a melaza. Son pequeñas siestas flotantes y no muy reparadoras, más bien rupturas que, por lo general, nos devolverán a la butaca de un sopetón, como si desvanecidos alrededor de la hoguera nos hubiéramos acercado peligrosamente al fuego primordial. Esos despertares son muy curiosos porque en lugar de traernos de vuelta a la realidad lo hacen al contexto de la ficción, a la película mediada y enrarecida que ahora habrá que parchear con suposiciones nuestras. Pero en esos intersticios oníricos, que no dejan de estar expuestos a la continuidad de la luz proyectada estimulándonos el velo de los párpados mientras estamos en viaje a Perla (la capital del reino de los sueños según nos contó Alfred Kubin), tal vez se encuentre una segunda visión, una suerte de película fundida con la película, un cine por fin despreocupado en el que rastrear las nociones que nos han de completar. Y es por eso que no hay que combatirlos.

Los sueños son el único lugar en que somos libres, donde cualquier moral es ingrávida, no se economiza en imaginaciones y todo cobra una convicción que la realidad no tiene, porque estaremos de acuerdo en que la realidad no convence a nadie. Dormirse en el cine es por tanto un doble placer, por muy buena que estuviera siendo la película, así que desde estas líneas previas al sopor, induzco al espectador somnoliento: a sobar. Si Morfeo llama, presentemos rendición, aislémonos del mundo, veamos qué está ocurriendo en “la otra parte”, en la fase paradójica donde crepita la verdad, y hagámoslo con la tranquilidad que da recordar que ninguno de nosotros ha tenido nunca un sueño aburrido. Sencillamente porque no existen.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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