truchoLa otra noche vi una película tan mala que a una actriz se le escapaba un capellán, que es una cosa que en español creo que se llama perdigón. Pero no, no, no, si quiero ser preciso tengo que decir que el asunto iba más allá que el dejar ir un pollo y que en verdad se le derramaba una medida considerable de saliva a mitad de diálogo. Profesional pero no tanto, tras sorber infructuosamente como acto reflejo la chica se mantuvo en su papel aunque fue incapaz de integrar el accidente al personaje, así que optó por seguir con su declamación, muy aplicada en hacernos pensar que allí no había pasado nada. Al fin y al cabo tampoco se había cagado encima.

Supongo que, en general, el espectador desea vivir una experiencia segura y no está dispuesto a que el cine engendre en él ninguna duda, es por eso que hoy los trailers tienen tres actos, porque se supone que el que va al cine quiere que se le asegure que va a ver lo que va a ver, la receta de siempre acaso más grande y más larga y más rápida pero sin osadías ni perturbaciones. Sin embargo, a mí aquel lapo involuntario irrumpiendo en una escena de paso, sin aspavientos interpretativos, de ninguna manera un recurso expresivo sino un salivazo de realidad que en cierto modo daba al traste con todo porque se veía uno en la necesidad de rebobinar, me pareció algo a celebrar porque en él vi de pronto elevarse la película, que en sí estaba siendo muy aburrida, y aquella grieta en la ficción me certificó, una vez más, que el cine imperfecto va a ser siempre más estimulante que uno impecable y que hay algo más mágico que la magia del cine y eso es nuestra miseria instilándose en él, el cine rompiéndose, y no sé si estas cosas gustan a la gente pero a mí se me cae la baba.

En CINEMANÍA

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