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A veces creo que a Spike Jonze no tendríamos que haberle fiado cuando entregó aquella ocurrencia del John Malkovich, aunque era difícil no darle crédito a quien había hecho unos videoclips tan fabulosos y parecía estar trayendo a escena una concepción del cine algo distinta, juguetona, una irreverencia y un sentirse rejuvenecer. Con el tiempo, Jonze ha hecho sus tostones y ha tallado sus diamantes, como aquella de los monstruos que nos gustó tanto, pero ahora con Her se ha puesto en evidencia de mala manera y hasta puede entenderse que se llegase a casar con una señora sin sangre.

En una olvidada película de Marco Ferreri, Christopher Lambert se encontraba un llavero que al escuchar una tonadilla te decía “te quiero” en inglés. Lambert iba como un tarzán por la vida silbándole al ingenio, se regocijaba cuando un amigo lo intentaba y la máquina no respondía y ni se paraba a pensar cuando al acercárselo a un cerdo volvía a activarse. La película, que se titulaba como esta columna, es previa a la revolución cibernética pero ya apuntaba nuestra dependencia del electrodoméstico, aunque esa reflexión la daba por hecha y de algún modo iba más allá, hasta alguna esencia intangible, existencialista y de poética hastiada, vitalista y profunda de la manera extraña que rige todas las películas de su director, quien en buena medida hizo siempre ciencia-ficción introspectiva y sin mariconadas, a tamaño natural.

En Her, vergüenza ajena hecha cine, Joaquin Phoenix se enamora de un sistema operativo y con sus bigotes de niño retrata la idiocia y el hilo de baba que define a la generación digital, ensimismada y cansina. Aunque no es más que una peli romántica ñoña y superficial, contada así suena pertinente a unos tiempos conformistas y aburridos, así que, ahora que lo pienso, me parece todo adecuado. Que le den el Oscar y certificamos la tontería.

En CINEMANÍA

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