Existe una veta del cine fantástico, por lo general localizada en regiones brumosas de la Galia, a la que llamamos fantastique. Entre sus presbíteros cinematográficos mencionamos siempre a heterodoxos como Alain Robbe-Grillet o marginales como Jean Rollin, pero su demografía es de una amplitud vasta e insospechada como los sueños (donde ocurre la vida real) y traza vínculos temáticos y formales hacia la literatura siniestra, el cómic libertino, la poesía erótica, la pintura simbolista y todos esos lugares ausentes de restricciones que hicieron de las añoradas vanguardias artísticas tal cosa.

El fantastique, que germina con el vigor de la flor entre el estiércol, se distingue porque no se puede distinguir. Es un cine secreto y sagrado, esotérico, profano, jubiloso y afectado. Lleva una carga telúrica inaprensible, regatea a la conciencia, procede a un juego triangulado entre el inconsciente y el cerebro reptil y nos la acaba metiendo siempre por la escuadra, que es el lugar donde pierde su nombre la espalda y se vuelve todo un discurrir.

Les rencontres d’après minuit (Yann González, 2013) es una historia de ocultismo voluptuoso que podría describirse como una grande bouffe de existencialistas anoréxicos: una pareja de excéntricos, un sirviente travestido, una puta, una estrella, un semental y un adolescente pergeñando la orgía definitiva. Seres voraces de vida que después de zampársela la van a devolver hecha poesía en un vómito iridiscente con tropezones de sexo, sangre, subversión y pop electrónico venido de la galaxia espiral Messier 83. ¿Para qué queremos más?

Pues hay más. Les rencontres d’après minuit, como solo sabe hacer el mejor fantastique, nos arranca de un manotazo esa razón que llevamos carbonizada, la cierra en un puño y nos la devuelve hecha diamante, exceso y pornografía del alma, y es de ese modo que nos retribuye la bestia. Nos encontramos ante una mutación genérica deliciosamente petulante y muy propicia al ejercicio intelectual, pero al intelectual desnudo porque es una película que se mira mejor en pelotas, fumando un cigarrillo largo y con una erección de Pegaso.

En cuanto se haga la oscuridad, desde los primeros instantes de metraje, vamos a percibir los efectos de un chute estético flechado hacia nuestro hipotálamo, donde evolucionará como un fuego artificial que ahora nos hace escribir que ésta es una de las mejores películas que hemos visto este año, que todavía hay esperanza y que bendita la hora en que nos entregamos al hechizo.

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