movie-camera-1920s-granger
Berlanga sostenía que una película ha de ser una película y luego ya se verá si cuaja en arte o hasta en cultura, pero que lo que no puede ser es que germine al amparo de un ministerio porque ahí nos nacen todas muertas de mediocridad.

El cine es una cosa que enseguida sale mal. Implica tantos oficios, vaivenes y manipulados en su elaboración -los mismos que lo han llevado a la precisión relojera del blockbuster– que el más mínimo tropezón en la cadena de montaje puede dar al traste con la bicicleta. Fue el crítico italiano Ricardo Canudo quien en los años veinte llamó al cine séptimo arte, pero erraba porque entonces imperaba el sistema de estudios, donde titánicas bases de operaciones centralizaban el proceso de producción y distribución de todas las películas, para que cada una de ellas jugase su función en la industria. Eran modos del capitalismo, monopolios que colapsaron en la segunda mitad del siglo XX propiciando un periodo de libertad que vio crecer a muchos autores, los mismos que alentarían, poco después, una nueva tiranía del dinerito que hoy trae de vuelta estos lodos.

El cine no es arte, el cine es cine. Es por eso que me parece muy bien que este gobierno lamentable nuestro haya acabado con las ayudas al cine y mejor me parecería que la medida se acompañase de facilidades a una producción privada interesada en arropar proyectos que salieran bien o salieran mal, tal vez mongolos como un borbón pero vivos y uno detrás de otro, en lugar de tanto artefacto anestesiado. Aunque también es verdad que éste es un país de haraganes donde algunos, incluso, nos dedicamos a opinar por escrito y cobramos por ello unas pesetas, así que me voy a callar porque yo en este entierro no quiero cirios.

En CINEMANÍA

Anuncios