amour
A los críticos de cine habría que revisarles el corpus regularmente y por cada vez que se hayan servido de aquello de “obra maestra” condenarlos a un día de picota, por epítetos. Si uno lo ha escrito más de cinco veces, cortarle las manos o inhabilitarlo por siempre, aunque eso no pueda hacerse porque la de crítico no es una profesión sino una falla del espíritu.

Amor es una película que si me la llegan a contar no quiero verla, pero que una vez vista quiero volver a ver más veces aunque vaya de un moribundo. En el cine bueno, a la muerte se la suele esperar con las botas puestas, nunca en zapatillas porque andar en zapatillas es arrastrar la muerte por casa, cuando el cine se inventó para combatirla y no para otra cosa. Pero Haneke juega justamente a la dignidad de la lucha en esta película que ha hecho tan sencilla y tan doméstica, tan fácil como irse muriendo, humilde pero también burguesa porque es cine, claro, y los directores de cine acaban siendo todos burgueses, esto es un asunto penoso que concierne a otro artículo, que los cineastas no toman el metro ni pasean sin rumbo ni se bajan películas porque están tontos perdidos. Pero me estoy despistando.

Lejos de sentimentalismos y mamarrachadas como Mar adentro, que me la contaron y no quise verla, en Amor da Haneke una película de las suyas de siempre, entre lo humanista y lo moral pero lo moral contento, una de aquellas que no se pueden contar porque son de las que ocurren en otra parte, más en nosotros que en ellas mismas. Por eso ahora voy a escribir sin problema ninguno que la película ésta última de Haneke, tan audaz desde el título, es, si no una obra maestra en sentido estricto, sí una ejemplar, y ya pueden decir misa los aguafiestas.

En CINEMANÍA

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