101-Dalmatians-
Reviso la segunda entrega del Halloween de Rob Zombie, donde Michael Myers crece como mito en una escena de tránsito pero tremenda que lo hace más ominoso cuando parecía imposible. Una escena en que se le arranca de cuajo la civilización al personaje, se le despoja de humanidad y nos recuerda por qué uno de los secretos mejor guardados del mundo del cine todavía es tal.

Años antes de que Zombie naciera, un día de 1953 transcurría el Festival de Cannes cuando apareció un anuncio en el Nice-Matin solicitando cánidos de toda raza y condición para aspirar a un papel en una gran producción americana. La oficina itinerante estaría instalada, según la nota, en una habitación del hotel Carlton, favorito de las estrellas. La respuesta fue inmediata y ese mismo día el vestíbulo del establecimiento se vio invadido por cerca de doscientas bestias, entre canes y chuchos, que babeaban literalmente por una oportunidad en Hollywood. El personal del hotel se vio sobrepasado por la algarabía de señoras de la villa y otros advenedizos con mascota, que lograron acceder en tromba a la suite que el diario atribuía a una productora fantasma y que en realidad alojaba al responsable de Peter Pan -ese año presentada en el certamen-, quien en la confusión resultó mordido en una pantorrilla.

Días antes, luego se supo, un camarero animalista en acto de servicio había escuchado una conversación privada entre el dibujante y un asistente, acerca de viajes por el Asia exótica, donde se vertió la información tan drástica, después silenciada por la prensa, que le llevaría al desquite bobo del clasificado en el periódico: que Walt Disney, como Michael Myers, un día se había comido un perro.

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