Angoixa (Bigas Luna)

La otra tarde, en el cine, una madre temerosa de la navaja de Buñuel prohibía a sus hijos sentarse cerca de la pantalla como si aquello fuera una tele, algo nocivo no sólo en fondo sino en forma, y les imponía una distancia que según su entendimiento evitaría riesgos a sus retinas tiernas.

No soy purista, no puedo serlo porque me he criado en el VHS, pero tras muchas horas de experiencia y sibariteo sé que lo preferible es siempre que el cine te venga por detrás, de lejos y entero, proyectado y no “emitido” y enlatado antes que comprimido. Aunque la diferencia es mínima a un paladar grosero, que difícilmente percibirá la pérdida de peso en la imagen que supone la proyección digital, el celuloide aporta un algo matérico que la “franqueza” digital niega. Tampoco me voy a permitir ser nostálgico porque la tecnología es imparable y su progresión económica nos rige, pero lo que sí tengo claro es dónde pienso sentarme.

Es habitual que la primera fila no se venda nunca en los cines porque hoy los cines están mal hechos y es verdad que esa fila es impracticable, pero otra cosa es remontarse a la séptima (cinéfila por tradición) e incluso instalarse más allá, en la popa de la sala, que es un lugar que si os fijáis frecuentan mucho los críticos. Y no: en el cine hay que sentarse cerca para no ver más que lo que hay que ver. Hacedme caso, esto no va a gustos: no os fiéis nunca de aquel que se sienta lejos de la pantalla porque será alguien que pretende abarcar con la vista el cuadro, aprehender y domar la imagen antes que dejarse avasallar por ella, un individuo estrecho, cobarde, poco arrojado, temeroso de la fantasía y más dispuesto a mirar que a ver; alguien que trae la película decidida de casa. Se ponga como se ponga, un tío soso. Tal vez hasta bujarrón.

En CINEMANÍA

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