Leo a John Waters diciendo que la pregunta que más le han hecho en su vida es si Divine se comió realmente la caca del chucho aquél en Pink Flamingos. Aunque la escena fue rodada en una época “analógica” y no dejaba lugar a dudas, el personal todavía no da crédito, no lo encaja, no puede asimilarlo.

Aparte la pornografía, lo biológico ha tenido un trato muy curioso en el cine, donde una tos suele anticipar la tragedia, el ocaso de un personaje, mientras el vómito, por ejemplo, se usa mucho como juicio a toro pasado. Porque cuando un personaje vomita en una película es muchas veces el director quien se está pronunciando, quien da su innecesario parecer sobre un sucedido, quien condena el crimen del villano o pondera la magnitud de una impotencia. En el cine comercial, vomitar tiende a ser una cobardía más ideológica que peristáltica, y eso es algo que da arcadas, claro, más que lo del perro.

El vómito lo empezó a usar bien la niña del exorcista, echándoselo encima a un cura; lo demenció, blanqueado, Andrzej Zulawski en el metro de Berlín, por boca de Isabelle Adjani, y el cine gore, previo paso por el señor Creosota, lo elevó en los años 80 y 90 a cumbres cómicas inolvidables. Pero al margen de sublimaciones tales, el vómito en el cine se finge siempre y se finge muy mal, como el hacer ascos de un niño, y en parte se hace así porque es contagioso como el bostezo y podría conllevar un desastre mimético en las salas.

Cuando Divine se comió el cagarro para demostrar que era el ser más inmundo del mundo, lo que estaba haciendo era certificar que la verdad, en la ficción, es incómoda y extrañamente inverosímil. Pero la magia del cine es aquello, que pasados cuarenta años, un zurullo calentito siga fresco como una rosa, conmoviéndonos como el primer día.

En CINEMANÍA

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