the-lords-of-salem

Aunque no lo parezca, el de terror es un cine para gobernarnos a todos, y en esa empresa lo mismo puede configurarse como celebración que como elegía del hombre. Satán funciona un poco de igual manera para los que no creemos ni en Dios ni en patria ninguna pero sí en el más sabio y bello de los ángeles, el que conoce en qué ángulos escondió el celoso Creador las piedras preciosas. Rob Zombie, mensajero divino, nos ha traído una de ellas.

The Lords of Salem se pudo ver en el último festival de Sitges y trajo dos reacciones. Los cinéfilos sin filia o faltos de sensibilidad demoníaca, así como las juventudes venidas a estos pastos desde, no sé, tal vez desde las sirenas del survival horror que rige la mayoría de videojuegos de género -especulo-, o al menos de un lugar donde se presenta resistencia a la pesadilla antes que entrega a su poesía, esos, digo, salieron de la sala inopes, aturdidos en el mejor de los casos pero nunca jubilosos como se les proponía. Mientras, a los que amamos el cine de terror como sólo se puede amar a una mujer, a lo loco, la película nos encendía los corazones como una misa infrecuente y bien dada, una misa panorámica, de composiciones severas e infantiles, muy dispuesta a la chuchería y de pronto capaz de santificarse en sinfonía y estampa. Todo muy jebi y al tiempo de una dolorosa madurez.

Con The Lords of Salem no vale aquello de hay que verla para creerla, porque esta vez hay que creer primero y luego ya se va viendo lo que es un sábado sabadete que no hay dios que lo pare, una letanía clamando por la gloria de aquel que por consolarnos nos enseñó a mezclar salitre y azufre, quien vencido en las profundidades soñaba en silencio hasta este momento.

Toca dar gracias a Rob Zombie por apiadarse de nuestra larga miseria haciéndonos entrega de este clásico del futuro. Gracias, gran cabrón, por volver a abrirnos las puertas del templo.

En CINEMANÍA

Anuncios