The-House-of-the-DevilCon Ti West me ando con ojo: lo encuentro un tío de mucho interés pero nunca sé hasta dónde darle correa. Ti West, que tiene nombre de invitado exótico entre los últimos espadas del cine de terror, es el Adrian Tomine del género, siendo Adrian Tomine el Raymond Carver o el John Cheever de los tebeos. Con la analogía quiero decir que Ti West es, también, un miraflores, un tío de talento oblicuo y cine un poco sieso, al que no hay que quitarle lo suyo pero hay que verle lo que trae de otros antes de la ovación cerrada.

A diferencia de muchos coetáneos, Ti West respeta, frecuenta y practica a sus mayores, pero no se refocila en el fango de la nostalgia para traernos lodos irónicos sino buenas costumbres, respeto, intencionalidad, templanza y un vestirse despacio el legado, para salir bien prieto y dar buena figura en la plaza del terror. Fue novillero con una peli de murciélagos a la que siguió otra de caza al hombre, pero la alternativa la tomó con The House of the Devil, un toro negro de película que tenía niñeras, satanismo del amor y un ritmo, como correspondía, endiablado, pero endiablado de verdad, muy lento, porque piano, piano, si va lontano. The Innkeepers, un bed & breakfast de El resplandor, es su último largometraje hasta la fecha y el que hoy me induce la columna. Entre los méritos de este cineasta sin hallazgos se cuenta su actitud de, en lugar de vencer la inverosimilitud, aliarse con ella: la abanea con un paipái de papel cebolla y nos comparte el aroma, que es lo que a él parece gustarle más del terror, por si queremos respirarlo con el diafragma, calentarlo en el estómago para luego alimentar el pulmón.

Me gustaría recomendar su cine por muchas razones, pero se me escapan todas entre los dedos y tampoco iban a tener ninguna importancia. El cine de Ti West no se estrena en España, pero está en el aire.

En CINEMANÍA

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