ravalTras muchas tribulaciones y una demora de meses si no años, la filmoteca de Catalunya ha vuelto a abrir sus puertas ahora más cerca del mar, más tecnificada y más burocrática, más al gusto catalán, estableciendo cuarteles en lo que se llama el Raval o Ciutat Vella, intestino de Barcelona revaluado por la administración en aquella campaña especulativa y de limpieza por la calle de en medio que Guerin, o sus becarios, mejor dicho, retrataron en su estadio más traumático, En construcción.

La reubicación de “la filmo”, que persevera en su programación rancia y politizada y en entradas a cuatro pavos (mientras en la de Madrid son a dos y medio y se ofrecen retrospectivas de Dario Argento), coincide con las maniobras ya bien cuajadas de los últimos consistorios de entregar las Ramblas a sus cuñados, convirtiendo el centro de la ciudad en un Lloret del tres al cuarto con sus tienditas del Barça, sus puestos de Häagen Dazs o sus lateros contratados por Estrella Damm, la cerveza mediterránea desde 1876. El vórtice de Barcelona es, desde hace mucho, pasto del turismo más repugnante del mundo, pero Barcelona, en eso es como Madrid, siempre quiere más. La diferencia es que al ayuntamiento de Madrid se la suda todo mientras el de aquí, igualmente tiránico pero más sibilino, nada y guarda la ropa y al tiempo que pone una filmoteca en el barrio chino, lanza un decreto ley contra la prostitución callejera. Porque Barcelona, mucho más solvente que Madrid en casi todos los aspectos (la misma filmoteca lo es en tareas generales, hay que decirlo), entiende que el puterío se gestiona mejor de puertas adentro, y que las señoras de la calle si llueve se mojan, como las demás, y que, al fin y al cabo, siempre van a rendirles más esterilizadas y bajo techo, en la avenida Sarrià sin ir más lejos, en las docenas de burdeles adyacentes a lo que había venido siendo, hasta hace dos días… la filmoteca de Catalunya.

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