Aislar el misterio de la existencia es el hallazgo –o al menos la búsqueda- de la experiencia mística última, una operación que nos desplazaría del tormento de la carne y el tiempo hacia el instante inefable en que trascenderíamos el universo físico. Para alcanzar esa luz cegadora del gozo supremo es imprescindible, claro, transitar antes los meandros de la oscuridad, un proceso donde se nos devastará el cuerpo y que tal vez, de salir mal, acabe por destruirnos. Pero quien no arriesga, no gana; esto siempre ha funcionado así.

La instrumentalización católica del camino a la santidad por el éxtasis místico (ese orgasmo definitivo que tan bien representó Bernini según letras de santa Teresa) ha sido tal que hoy la figura del mártir muriendo por la causa de su fe nos suena a invención de la Iglesia, si bien, como todo lo que atañe al cristianismo, se trata de una apropiación indebida, en este caso de un bien potencial e irrastreable en nuestros orígenes, al margen de credos y corporaciones. El mártir tiene otra acepción popular en el individuo que presenta una resistencia racional hasta el fin, y cuyo sacrificio tendrá influencias directas en el curso de las cosas, pero un mártir no es una víctima, es mucho más, es un elegido. Y el mártir atractivo lo encontramos en los ascetas, aquellos hombres de salud mental inusual -por excesiva- que consiguen superar todo impulso de supervivencia para entregarse con gesto plácido a la aniquilación, a la armonía cósmica.

En Martyrs, el francés Pascal Laugier nos presenta una factoría de mártires que late bajo el manto burgués de la familia y el bienestar, una sociedad secreta de aristócratas empeñados en la consecución de una voz (¡como si el verbo fuera capaz!) que les traiga “el secreto” de vuelta. Señores que hacen mártires. La premisa parece tan sencilla como compleja es, y Laugier sabe cuajarla en una de las películas de terror más interesantes de los últimos años por una razón que generalmente es defecto: su academicismo, su voluntad de tesis. Los mártires son abundantes en el arrojado cine de género, pero Martyrs juega, precisamente, a lo contrario, a la circunspección, si no del ensayo literario[1], sí de un estudio doctoral que, por otra parte, se sabe abocado al fracaso en cuanto a conclusiones.

La película no requiere equipaje culto ni genes gabachos para ser aprehendida, que nadie se asuste, pero sí puede desconcertar a los espectadores más perezosos, ya que lo que la distingue es su estructura trágica e inversa: Laugier abre con una víctima fugándose de sus martirizadores y poco después nos presenta el rescate y cuidado de otra, y esos dos casos de martirologio abortado en mitad del proceso resultan en propagación del trauma. Una hora después, cuando ya estamos atrapados, Laugier cambia el nervio por temple y empieza la película de verdad, el acta martyrum, el detallado documento de confección de un tercer comisionado hacia la luz. El tormento. Y como espectadores ya no podremos escapar del sótano (un sótano que es el sótano atávico de todas las historias de miedo, nuestro cerebro reptil) y allí, sometidos a las convenientes etapas de adiestramiento y despojo de la identidad gracias a una dirección insistente en la salmodia, a una realización concluyente y a una protagonista en la que nos proyectaremos físicamente pero sin emoción, ya que el personaje sólo ha pagado previamente los peajes mínimos y precisos para la verosimilitud (aunque tal vez cabe apuntar que en Martyrs todos los personajes son uno fragmentado, eslabones del mismo), aprenderemos que el dolor es el único intermediario posible entre el aquí y ahora y el después y el más allá.

La osadía intelectual que se permite ya desde el papel confinó a Martyrs al bajo presupuesto y tuvo que ser Richard Grandpierre, también productor de Irreversible (Irréversible; Gaspar Noé, 2002), quien consiguiera levantarla en coproducción con Canadá tras el rechazo de todas las grandes de su país. Una vez rodada, la crueldad de sus imágenes, reforzadas por el do de pecho del pionero del maquillaje francés Benoit Lestang[2], llevó a las autoridades a estamparle una clasificación “para mayores de 18 años”, una peligrosa censura económica que equivale al ostracismo y la muerte comercial de una obra[3]. Las protestas organizadas de profesionales y críticos persuadieron a los “censores” a una revisión del expediente y finalmente pudo estrenarse clasificada para mayores de 16 años, con una advertencia específica acerca de su naturaleza. Martyrs fue muy apreciada en festivales especializados que la promocionaron como el no va más en sadismo y brutalidad (llegándose a disponer ambulancias a la puerta de los cines en nuestro Festival de Sitges, sin ir más lejos), si bien sus intenciones primeras están muy lejos de la mercadotecnia ya que la película opera desde un punto diametralmente opuesto: la melancolía absoluta y la resistencia en la lucha antiburguesa, la crítica entre feroz y abatida a una sociedad regida definitivamente por el poder económico, podrida del todo y ya legitimada para comprar, incluso, el tabú igualador de la muerte.

Laugier, autor de una esforzada pero algo morosa película anterior (El internadoSaint Ange; 2004-) y fanático y estudioso del cine de terror en sus rincones más desatendidos, dedica su película a Dario Argento, intentando expresarle con ella (de forma clínica, sin más tensiones de color que el que supone el rojo cuando emerge la sangre) lo que para él supone el género cuando se encarna en obras bellísimas, complejas y a contracorriente como las que hizo el romano. Se trata, por tanto, de una película algo didáctica y hermeneuta de otras, pero sobre todo es una humilde carta de agradecimiento y amor al mejor cine de terror posible, al más deseable, el inconformista y subversivo, aquel que trabaja contra el mundo y la civilización, el que nos somete y nos orienta por un rato hacia nuestro self antes de -como nos recuerda la “abadesa” de la película en su único final posible- sumirnos al angustioso orden de siempre: el seguir dudando.


[1] Porque ese ensayo es ajeno y escrito mil veces antes: la película cita con insistencia, erigiéndose prácticamente en torno a ella, la fotografía del suplicio chino de los “cien pedazos”, imagen que llegó a obsesionar a Bataille tras ser publicada por Georges Dumas y Louis Carpeaux en los años 20. Ver Bataille, Georges: Las lágrimas de eros; Tusquets, Barcelona, 2000, pp. 247-250.

[2] Do de pecho y canto de cisne, pues abandonó voluntariamente su carrera y la vida el 27 de julio de 2008, antes de ver la película estrenada.

[3] Esa clasificación, muy atípica en Francia y equivalente a nuestra “X”, se recuperó allí a raíz de Fóllame (Baise-moi; Virginie Despentes, 2000) y más recientemente, esta vez como clavo ardiendo para lograr publicidad gratuita, aplicada a un subproducto como Saw III, en una maniobra orquestada que también resultó en España. Una película clasificada 18+ se ve emparentada directamente a la pornografía y encuentra su exhibición limitada a salas especializadas que ya casi ni existen, además de coartados sus pases televisivos.

 

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