Manolo Blahnik llora en un rincón, es su fiesta y puede hacer lo que dé la gana. Dos chicas se dicen una a la otra que eres mundial, que tu trabajo es divino y que me encanta supermucho. A la tal la he visto más delgada. ¿Más delgada? Pues te habrás confundido porque está más gorda que nunca. Son chicas con las gafas por diadema, un tatuaje minúsculo en alguna parte y una cierta edad. Aunque todavía es invierno, van muy bronceadas porque saben que las mujeres amarillean si no se las toca, como la plata, y como nadie las quiere se hacen fotos ladeando la cabeza con la aspiración de que alguien aspire a ellas luego en internet. Hay una tercera, autónoma y algo más joven, que baila despacio, tal vez más por dentro que por fuera, levantando los codos y mirándose el sacudir las caderas, girando sobre su eje con la muñeca expuesta y la mano artrítica y en la otra un vodka naranja. Esta sabe algo más de gozarse a sí misma y es más donosa en el requerir, y en consecuencia la rondan unos superlativistas, rotos para descosidos que hablan entre ellos de un Audi, de un reloj de platino que pesa quince gramos y cuesta trescientos mil euros y de un tatuaje, este más elaborado, que tiene Messi, el futbolista. Confiemos en las personas.

Más paseante que peatón, Pierre de Mandiargues, en su novela Al margen, caminaba el chino entendiéndolo como los bajos de Barcelona, con el monumento a Colón como falo. Eran los años sesenta, cuando la ciudad vivía de espaldas al mar. Hoy, más allá, en el perineo, el hotel Arts es un sfumato para los que siempre lo vemos de lejos, un lugar apócrifo que nunca haremos nuestro. Un poco como el Parc del Fòrum, guardería de la ciudad. Pero hoy, en pleno siglo XXI me han permitido la entrada sin opinar sobre mi peinado evolucionado y dentro ocurre la celebración que digo de modistillas, pero enseguida se me pone cara de chiste y me piro, never friendly, por no ver a Manolo llorar, descalzo. Desprecio aquello, escojo la piscina pequeña, y salgo y a la puerta se me cruza una monja en ciclomotor, que es la idea que los de mi generación guardamos del progreso y de la subversión. No sé discernirle la orden por el hábito, puede que sea una hermanita de la Anunciación, intocada, o una hija de mil padres, pero en la cestilla del manillar lleva un ramo de margaritas, huevos fritos de las flores, tan sencillas, que me concilian con la ciudad por un rato. Y tomo aire y la dejo sin.

Y me siento en el paseo marítimo y mirad lo que leo, esto os puede interesar, lo leo en un libro, no en internet, es muy importante, leedlo, no tenéis nada mejor que hacer, si estáis aquí es que no tenéis amigos, mirad: resulta que los antepasados más antiguos de los gitanos, los atlantes que reinaban en el continente, eran capaces de extraer del planeta minerales misteriosos como el fluctuor, un líquido capaz de engendrar sus propias fluctuaciones moldeadas en figuras ondulantes correspondiendo a la temperatura ambiente y a su sentido oculto: a 100° un sexo femenino, a 0° un bosque, a -273° -el cero absoluto- un sarcófago. ¿Qué os ha parecido? Yo creo que es magnífico, que no se entiende muy bien pero que es magnífico en lo esotérico y que de eso se trata.

Y que con esta columna no podáis envolver ni un pescao el día de mañana, admitámoslo, tampoco es problema mío.

En VICELAND

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