Tengo cuarenta años y esta noche he roto el calzado bailando drum’n’bass, ¿qué mierda es esto? Cuarenta palos y sigo gastando la pólvora en salvas. Gritando justicia en internet, enlazándome a mí mismo, saliendo a sacudir las manitas blancas o dándole a una cacerola mientras reparten estopa. Hay que ser gilipollas, ¿eh? Hay que ser pero gilipollas. ¿Qué coño hago aquí bailando? ¿Qué son estos tribalismos? ¡¿Por dónde entra el mal?!

A la fiesta llegamos manejando coordenadas equivocadas porque es clandestina, en la otra punta de la ciudad, y repasamos la fachada y el entorno como pajarillos quietos paraos, sin ver nada, hasta que nos chistan desde un quicio en la acera de enfrente y nos indican que pasemos a lo oscuro de una fábrica tomada, donde la gente baila a oscuras de cara al pinchadiscos, a quien se aplaude como si aquello fuera un directo, un espectáculo, un tío poniendo discos, no me jodas, cada uno a la suya, afectados por drogas individualistas. Se dice que quien baila bien, folla fenomenal, pero es un decir y follar fenomenal tampoco conlleva bailar bien, esto es ya empírico. Es un consuelo porque aquí bailamos todos de vergüenza, se patalea, no hay paganismo, en esta fiesta, no hay intercourses, acaso algún pangolín que gestiona su sexualidad como se gestiona una patata caliente, que la cede, se le cae, se le enfría y tal vez la recoge y la limpia en los faldones de la camisa como si fuera un ser vivo, el tubérculo. Aquí se trata de aturdirse, somos monos desnudos. Damos ascopena todos, en las ciudades, ¿qué no? Mis zapatos estaban intactos esta mañana, en el aeropuerto, cuando la mierda la policía me ha hecho encajarlos en la máquina que hace ping…

Creo que era en la obra maestra de Apollinaire donde alguien se calzaba desde atrás a una cría a cuatro patas y enriquecía el momento insertándole medio brazo en el culo y arrancándole por allí el paquete intestinal, floreciéndola, haciendo de ella pavita real. Era algo así, poesía, y creo que la escena ocurría en un tren. Puede que no fuera así porque lo leí hace muchos años, pero hoy extraigo de allí mi fantasía, mi idea de fiesta, que consiste en desplazar la acción a la pasarela (el finger que lo llaman los horteras) y, en acto público y colectivo, aplicar el procedimiento a las azafatas de Ryanair: estrangular a esas puercas con sus propios intestinos, cortar a un palmo y meterles el cabo en la boca y desembozarlo para que defequen en sus propias gargantas y se ahoguen en su mismísima sangre. Si alguno habéis volado alguna vez con Ryanair aplaudiréis este párrafo, sabréis de qué hablo.

Son mis crónicas de la miserabilidad, amigos, no hay más. El día siguiente a la fiesta tendré que ir a un funeral en las montañas, pero no voy a seguir por ahí. Tengo que comprarme unos zapatos. Escribo desde la capital del reino, Barcelona. Querría haber escrito todo esto en catalán pero me habría engolado más, porque los de fuera debéis saber que en catalán no se escucha sino que se siente, y que los besos, en lugar de darse, se hacen. Funciona así, es la lengua. También me gustaría que un día le pusieran mi nombre a una calle de esta ciudad para que mis enemigos, su estirpe, tuvieran que llevarme en la boca al volver la esquina menos pensada, pero para eso, claro, hay que morir o hay que matar, es una faena.

En VICELAND

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