¿Por qué no se pone algo de dinero falso en circulación? ¿Por qué no lo hacemos? Hablo de fabricar unos papeles, tiene que ser fácil. Eso disuadiría a escépticos, instrumentalizaría a conformistas y evitaría molestias de bolsillo. Acabaríamos teniendo todos un quebranto, en eso no hay cambio, el rumbo sería el mismo, pero al menos llegaría un momento en que habríamos dejado de hacer tanto el bobo, de tanto lloriquear con las manos en alto, de enlazar titulares.

En mi entorno ahora se ha empezado a temblar, cada uno por su chiringuito. Yo, lo siento mucho, estoy por ello, estoy porque se desmantelen todos estos belenes podridos y que los chavales monten otros, de aquí a un tiempo, con amor. Pero, ah, rendirse a escribir de la actualidad es no tener de qué escribir, lo digo siempre, ¡si yo las dos torres supe que existían cuando se cayeron!  Yo sólo voy a discotecas con la pista de luz, con el suelo de cristal. A ver si me abro pronto una redecita y me harto de follar, como vosotros. ¡Que es broma, que me gusta leer, que estoy en la barra! Leo a Maupassant, cuando miraba a los muertos levantarse y corregir cada uno su epitafio con humildad de tarde, en aquel cuento suyo de hace más de cien años. Yo necesito una red social en la que estar solo, sin que tengáis que oler mi mierda ni tenga yo que atender vuestras chancitas sobre Zapatero y Aznar o quien sea el otro hijo de perra.

Esto es una revista moderna, ¿no? Pues mira, voy a escribir sobre mi abuelo, ¿qué os parece? Voy a escribir que lo primero que hice siempre al llegar al pueblo, cada verano, fue buscar un palo. Podía tirar con un junco un rato, latigando aquí y allá, pero la urgencia era un palo que debía contar con la asesoría de mi abuelo, quien me recomendaba una u otra madera, la más juncal, para que me durase un tiempo. No lo digo por decir ni es literatura: es verdad que hoy me gustaría comprarme un bastón o una gayata para adelantarme a mi tiempo. Pero no me atrevo a bromear con eso, así que me consuelo recordando al yayo, que entendía que aquello era una herramienta para abrirse paso, tomar tierra, pausarse, quitar perros o pisar un escorpión, y él mismo me la peinaba con su navajita y ese verano el palo solía durarme más rato, se curaba, hasta que tonto de mí lo dejaba de lado (siempre en interiores, siempre en aquel rincón junto a la escopeta de los gorriones) por el interés en alguna muchacha.

Qué más. Nada más. A lo mejor todo esto me lo estoy inventando, pero para ser un afrancesado basta con ser español y no muy bajito, lo demás es accesorio, así que agarro la tacita por la oreja y extiendo el meñique y sorbo el café de un trago y aquí lo dejo. Al fin y al cabo, el lenguaje es un decir.

En VICELAND

Anuncios