Sostiene mi amigo F. que la revolución se hará contra las masas y no a su favor, y que no será obra de grupo o sociedad alguna sino de los astros y lo inescrutable. Comprendo que internet ha roto los bares, que ya no sirven para reunirse a discutir, y que en internet se peca de la misma euforia que se pecaba en los bares aunque sin el atenuante de los licores, que nos hacían tomar tierra al día siguiente. Pero, como mi amigo F., también creo que la más ineficaz de las disidencias es positiva, y por tanto acudo a la plaza, con ánimo turístico porque ya no tengo edad ni porte para hacerme pasar por argentino, pero conmovido sinceramente porque a los quince años me enfadé con el chiste de alienados en que vivimos, y se me desoyó siempre y me sumí en contradicciones para sobrellevarlo, y ahora creo que debo escuchar. Y someto al dandi que puja dentro de mí con toallas mojadas y me muevo al encuentro de esta masa que ha cedido al entusiasmo sin la menor convicción y que aspira, porque tiene derecho, claro, faltaría, a ser burguesa de nuevo.

El rubor del primer día es intenso pero llevadero porque no veo banderas. La lava ideológica supera en mucho mi candidez, imposible ceder al fervor, pero no cejo en la escucha. Me gusta el “Si votas no te quejes” porque siempre he desconfiado de los que desacreditan con el opuesto; esos perdieron el juicio hace eones, se creyeron la broma, siguen jugando, son parte. Negocio con mis neurosis y atiendo un par de asambleas coloristas donde la tropa traga y escupe panfletos, se basta con 140 caracteres, emula lo que ha visto en la tele y se llama imaginativa como si ser publicista lo fuera. No sé yo. Los más indignados, en teoría los sensatos y los justos, dan a entender ahora que su mayor preocupación es tener una casa, que no pueden comprar un piso, que no les conceden una hipoteca, y otros disparan el discurso y se refieren a la monarquía sin contemplar siquiera el magnicidio y se les desmorona la lengua en algo así como un tebeo de Azagra. Hasta aquí incluso bien, los primeros me abochornan y con los otros me río, con ambos comparto cosas, pero de pronto advierto que al fondo flamea un cartel pidiendo “paz para los animales” y entiendo que todo ha terminado antes de empezar.

Acudo más veces, ya de paso, aunque tras las elecciones, donde han vuelto a festejarnos y los perros de siempre se han intercambiado collares, la ingenuidad ya tiende la alfombra a la vergüenza y se siente uno como el coronel Taylor caminando la playa, porque ahora han sacado de quicio el jugar a casitas y se han hecho un huerto, la madre que me parió, piden comida vegetariana y la abolición de tradiciones, practican el reiki y acogen en la película a elementos tóxicos que se llaman feministas y escriben con asteriscos y arrobas. Si el aspecto físico representa el estado moral hay mucho juicio que hacer aquí. Tal vez quede alguien sensato dentro pero no se le oye, han perdido la intendencia porque esos puercos ignorantes de la biodanza enturbian cualquier entorno y hacen que aquello parezca la feria de muestras de la roña y el tigretón. Maderitos: reventad la boca a los de los cuencos tibetanos, haced servicio, luego os darán pan y una bacinilla, tal vez mujer e hijos. Sois el estadio más bajo de la condición humana, policías: ¡sois siervos armados y hacéis mal uso!

Venga, yo voy tirando, transido y acariciándole el cogote a la esperanza, dispuesto a seguir combatiendo a mi manera, sobreprotegido como he estado siempre y arropado en fantasías, en hacer acopio de gasolina o de cualquier otra sustancia acelerante, secuestrar al alcalde y pegarle fuego en la cabeza. Yéndome todavía veo a un manso que promueve “terapias alternativas”. ¿Terapias alternativas?: un palo caliente por el culo.

Lo único que pido es que se respete la propiedad privada, la mía, y, con todo, bien, vale, concedo: por un instante, gracias por la dignidad. ¡Y que viva España pero que viva lejos!

En VICELAND

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