Recuerdo aquello que se decía en Zardoz, una película que les rompió la cabeza a muchos de mi generación que la vieron sin querer: que la procreación es mala porque envenena la tierra de hombres. Por alguna razón peregrina siempre asocio esa idea al colega del Jordi, al que querían echar del piso; el chaval tenía un plan para la contingencia: iba a esperar sentado junto al recibidor, con dos lápices, y al primero que llamase a la puerta se los clavaría en los ojos. No deja de ser un plan.

Yo, en cambio, no tengo ninguno. No siento la necesidad de librar ninguna batalla con el medio y eso implica carecer de plan. Y de tema aquí, porque (¡insisto!) me resisto a bucear en cuestiones de actualidad común que me den la medida insoportable de lo que soy yo mismo y son ustedes, de este pueblecito sin virtud. En general estoy tranquilo. A veces me alerto porque creo madurar, pero es sólo que envejezco. Vosotros id a votar, corre, que hay miles de premios.

Llega un momento, después de tantas noches, tanto sexo o tan poco, tanto insomnio y tanto dormir, tanto parecer tanto, en que nos sentimos con derecho a tutear al mundo. Así que me he abierto una cuenta de Twitter. Me la abrí la última noche de octubre y lo hice en beneficio de todos, claro, porque en Twitter se gesta la revolución. Es mi tercera o cuarta vez ahí, no suelo durar mucho porque mi tanto de pedante y mis neurosis me incapacitan para manejarme con habilidad. Como toda red social está pensada como gallinero, dispuesta siempre al linchamiento y a la lisonja. A un corral yo tiendo a buscarle un desgarro en la malla el primer día, pero esta vez la estancia me está siendo liviana porque a Twitter ya se le ve la momia, lleva un laser rojo en la frente.

Twitter es una involución muy clara, una vuelta de todo, lo que era un chat, ni más ni menos. Las voces disonantes no suenan y son, como mucho, tiquismiquis de escalera. Se premian, como en la vida, los lugares comunes y el chiste mordaz, el breve y el teletipo, la tendencia, la pauta y el viraje opinativo en comandita. Twitter es de la especie de los escuálidos, como los tiburones. Allí los adultos se hacen los protagonistas, hablan del PSOE y del PP, cuando es sabido que de los bares siempre se ha escobado a los que hablaban de política. Allí no. Allí está también, como en los bares, la policía, haciendo el ridículo, y un montón de tías petardas y muchachos con bigotes de listillo: ¡Afeitaos, asquerosos, que eso es homosexualismo! Hay también gente de interés, pero esa jamás ha dicho ni pio. Twitter es, en fin, un ser y existir rutinariamente, una extraordinaria rueda para hámsteres y un euforizante sin más. Su uso está destinado a personas claramente banales y por eso me he hecho uno, porque allí parece estar espantándose a la muerte con jovialidad espasmódica. No os pido que me leáis ni mucho menos, porque Twitter no se lee, Twitter se alpistea; me basta con sentirme parte y tal vez, si llego a merecer la prerrogativa, tomar un día a vuestras mujeres en un portal, con consentimiento de ambos tres. Creo que puede gustaros.

Todo esto lo escribo, por supuesto, en modo avión, por ver a dónde me lleva y porque soy escritor, claro, y como tal vivo “a caballo”. Es así. Es un dato necesario para las solapas. Viajo en ventanilla y busco el recuerdo de Richard Matheson en el ala, como siempre se hace aquí arriba cuando anochece. A mi vera, aquí en el aeroplano, un señor luce el morro inflamadito de sueño, dormita con Alatriste sobre el regazo y lleva gemelos de titanio; me es difícil establecer si nos encontramos ante un hombre religioso o un criminal de altura y fundamento, pero nunca tendré acceso a esa información por una cuestión de clase, porque acabo de descubrirme los dedos negros como un quiosquero: al parecer, la presión ha desastrado el bolígrafo con que escribo esto que viene a continuación: que escribir es como pretender saciar la sed bebiendo del mar.

Me levanto al baño porque me estaba meando. Siempre está bien, en mitad de un texto, agarrarse la picha sin miedo, ver qué pasa. Hacía tiempo que no meaba en un avión y he ofrecido al mapa geodésico una meada joven, de aguja, un chorro armónico con ligero aroma de roble, recuerdos frutales y cierto grado de territorialidad. Meo mientras cavilo a los hombres abajo, pero sé que mi orina no les llegará caliente sino atomizada, de ahí lo del Twitter.

En fin, intento escribir diciendo más de lo que digo pero no está a mi alcance. Os pido disculpas por la carencia poética, aquí es domingo, son estas revistas de moda. Os pido disculpas, confianza, tiempo y dinero mucho. Soy receloso con los elogios pero tampoco os cuesta nada. De verdad, siempre hay una segunda llave de todas las puertas. Cumplir, yo ya he cumplido. Id con ojo que vuestra madre igual está con dos. Ahí tenéis los alimentos.

¡Alabado sea Zardoz, recordad la piedra volante, matad a los brutales, dale don dale!

En VICELAND

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