El Sant Jordi en Barcelona, día llamado del libro y de la rosa, del ácaro y el polen, fue este año como todos una extraña orgía, saludable, púdica y limpia; es decir, apócrifa. Una cosa tan inexplicable como sería el día del sombrero o de la chirimoya pero más fecundo por lo de que todo el mundo remueve flores y algo polinizará. Aparte el circo, el día fue bonito como siempre lo es si se lo escudriña poco y no se escuchan las recomendaciones. Tenemos buena luz, en esta Barcelona última, aunque en verdad estoy especulando porque no salí de casa.

Sí lo hice la tarde anterior, a una pachanga televisiva en la Casa Fuster, mascarón de proa de la ruta modernista de la ciudad, remodelado hace unos años por empresarios en connivencia con nuestro ayuntamiento para convertirlo en hotel cinco estrellas donde alojar a Woody Allen. El evento, anunciado en la terraza, se trasladó al sótano en previsión de lluvias. Allí abajo el miedo ha impregnado tan hondo que ya nadie es capaz de mantener su dignidad, y en lugar de relajar las costumbres como siempre se hizo en las fiestas, se sale a fumar a la calle con la voluntad vencida. Es buen momento para dar la voz de Whisky Sour por la patilla entre vagabundos y yonkis terminales de la zona; pero bastante hay con la fauna habitual: masmolas, mortadelos pasándoselo como perros de tres rabos, directoras de marketing que te buscan porque te han encontrado, parejas de agapornis arreglándose el plumaje y un sinfín de lechuzas de antes de hora. Me muestro firme para parecer fuerte, pero concurren también catalanas neuróticas, que es lo peor que se puede ser y enfrentar en esta vida.

Hay un hombre, de entre los de mayor decoro en esta especie de salón de bodas de techos dorados, al que nadie ha visto la cara porque tiene a todos al tajo, atentos a sus maniobras de violinista, esperando catar la deferencia del puerco que sus manos de crupier van voleando en pequeñas piezas sobre un platillo blanco y comunal. Es un hombre que va cortando un jamón que hay. Un jamón acerca del cual me piden declaraciones. De pronto, tras múltiples conversaciones cosméticas, cuando ya no queda vino, me encuentro haciendo declaraciones a cámara acerca de un jamón. Es un momento en el que me pienso en casa, tomando una taza de bienestar, pero estoy allí, cooperando en un probable vídeo corporativo acerca de una pata de jamón.

A toro pasado, el hombre del cuchillo me cuenta que él en realidad es barman de noche, que ahora está allí haciendo una sustitución, pero que le interesa más la noche porque de día la gente es menos ellos. Le asiento porque le entiendo, aunque tal vez no comparto su preferencia porque yo estoy por la contención, por que la gente sea poco ella, por que se guarde y se encierre en sus casas. ¡Irse! Me habla de los secaderos donde se cura el jamón, que aquello es un arte, dice, miente, qué coño de arte, y deriva hasta asegurar por su boca de comer que un artista no puede profesionalizarse en lo suyo ni, por descontado, en disciplina ajena. Un artista ha de ser artista, jamás entrar en según qué dinámicas. ¿Es usted un artista moderno?, me pregunta así de usted. No, no, nunca, es imposible. Bien, pues yo le explico: con el dinero se limpia el culo un artista. Escúcheme bien, me mira y tilda mi atención con el cuchillo jamonero: un artista jamás debe demediarse en profesional. ¡Nunca! Yo le daré jamón. Es de cerdo pero sabe a mujer ibérica y sentimental.

Mi nuevo amigo ya ha tocado hueso y en la fiesta empieza a darse un trasvase hacia otra convocada por la revista Qué leer. La actualidad ya ha pasado de moda, la actualidad no puede adquirirse por falta de tiempo. Vuelvo a pensarme en casa, escaneando unas fotos de la mili, por ejemplo, y preocupado por el tema de la superpoblación: sois demasiados.

En VICELAND

Anuncios