Ahora a los recitales se los llama spoken word, con lo que el formato incrementa su capacidad de bochorno. En Barcelona se dan estas vergüenzas, pero ¿qué otra cosa esperar de una ciudad de la que no se puede beber a caño? No poder amorrarse uno a su ciudad lo expropia, es trágico y penoso como un desamor. Afligido, me planteo estudiar un máster en cooperación internacional o apuntarme a la BRIPAC, pero en un quiebro final decido que mejor ir a misa. Sí, justo antes de que el invierno me conquiste la persona, eludo la invitación a otro de esos recitales paganos y me voy a misa, una idea absurda incluso para mis estándares, pero que tal vez me resuelva esta columnita que mis amigos nunca entienden y en cambio celebran desconocidos afines. A los amigos no se les puede adiestrar y además me quieren por otras razones; así que para vosotros, extraños en crecimiento, me voy a misa y os traigo el pan de la palabra. Esperadme aquí.

Entrar al templo me cuesta. A medida que me acerco me va creciendo la angustia, como a Damien. Temo encontrarme una figura doliente y triunfalista en cuanto cruce el umbral y no hay cosa que me dé más miedo que esos tamaños naturales, me aterrorizan de verdad, así que debéis darle a estas letras el mérito que merecen. En cuanto me mojo los dedos en la valva enorme de agua bendita (siempre creo ir a quemarme entonces pero la realidad es muy otra), suena mi móvil, que identifica el número de la voz más autorizada de la crítica cinematográfica internacional. ¿Qué querrá ahora este energúmeno? ¡Estoy en misa! Logro rechazar la llamada antes de que se me pueda regañar. De todas formas, el oficio todavía no ha empezado y la parroquia parlotea en las primeras filas, se conocen y parecen alborozados de encontrarse. Percibo que recelan de mí, pero me muestro humilde y me hago perdonar el talento y por un instante creo que me celebran, tal vez me quieran con ellos. El lugar es deprimente de una manera cándida, no se da el frío de viejos que aventuraba, aunque las paredes se simulan de mampostería alrededor del altar, donde reina una talla fulgurante en el barnizado, muy limpia. ¿Dónde está aquí lo mistérico? Aquí no hay nada.

El cura tiene aspecto de sietemesino timpanizado. Atención a eso, volveré a escribirlo: el cura tiene aspecto de sietemesino timpanizado. La homilía es familiar, de un entusiasmo doméstico y demasiada complacencia. Parece que preparen una excursión, todos se conocen. Espero con cierto interés alguna Carta a los Corintios que me traiga al recuerdo mis pecados juveniles, una razón para permanecer aquí. No puedo transmitir nada porque el templo cuenta con un inhibidor de frecuencias que impide que la palabra de Cristo sea retuiteada, medida óptima que debería ampliarse a toda la existencia. Me doy la paz con el vecindario y se procede a la eucaristía. Rememoro la comunión emocionante de tantas novicias en tantas películas europeísimas, adoratrices, niñas huérfanas disolviendo a su ídolo en la boca, pero no es lo mismo. Tomo la forma sobre la lengua y tal y como la dispongo en el paladar decido no volver a mi sitio y coger la puerta. A mi espalda el oficiante extiende los brazos y empieza a sonar Twist in my Sobriety de Tanita Tikaram…

Mientras estaba dentro ha llovido y la calle huele a caracoles. Doy un rodeo hacia casa para procurarme una digestión tenue y calmosa, absoluta. Siento al Señor batiendo sus alitas en mi estómago, mariposeándome. ¿Ha de ser más leve digerirlo a él que a un lechoncito? ¿Traerá respuestas o acaso consuelo? Lo que está claro es que aquello debe asimilarse al cien por cien, no vayamos a cagar luego a Dios bendito. Huele a caracoles y a heno fresco y recién cortado, con ese anticipo de putrefacción que lleva el heno en el perfume. ¡¿Pero qué heno ni qué mierdas, qué va a oler a heno en Barcelona?! La idea se desvanece al pasar por delante del gimnasio, que como todos los gimnasios huele a desahucio y apesta la calle, con toda esa gente ahí dentro desesperada, padeciéndose en piscinas cubiertas. A la puerta, una mujer joven y fea (tiene el morro pocho como la estatua de la libertad) fuma y sostiene el cigarrillo vertical, como si esperase un cenicero. Está recién duchada y no le ha de sentar bien el alcohol, se le ve ya en la sobriedad y en el echarse un mechón inexistente tras la oreja, varias veces. Creo que es una ciudadana tipo, como yo mismo, toda ella neurosis.

Inteligencia es zafarse de las trampas, salir indemne, volver a casa sano y salvo, me cago en la mar. Volver a casa y olisquear las bragas sucias de tu novia. Ambrosía cristalizada. Transubstanciación, ahora sí. ¡La vida, qué cosa!

En VICELAND

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