Buena parte de la mañana la he pasado en el jardín de aclimatación y sus alrededores. Me siento bastante contento rondando por ahí arriba, pero no voy a desarrollarlo porque sé que necesitáis estímulos de impacto. No preocuparse, que traigo gesta.

La otra noche fui a un concierto de Love of Lesbian. Un casual, coyunturas, tenía que verme con un amigo de juventud y no había otra opción que acudir a ese evento. Fue como una de esas sesiones de motivación laboral donde se repiten mantras y se promueven actitudes que llaman proactivas, que es una palabra que no significa, que es nada. Me resultó un directo muy cursi en el que se respiraba una euforia como de patio de inclusa, como de vivir en Facebook. Nadie allí parecía saber que para hacer tortilla hay que romper algunos huevos. Pero bien. Ocurrieron cosas, esa noche.

De entrada, la absurda pulsera fosforescente resulta atraer a mujeres menstruantes, entre ellas una que dice irse a Nueva York el día siguiente y que me vaya con ella. También, muy fresca, invita a mis amigos, pero yo me voy por los cerros de Úbeda y le cuento que los de mi quinta que no nos hemos reproducido pasamos la vida buscando bálsamos espirituales contra el deterioro y que estoy empezando a tener preocupaciones. Que me veo un día preñando a una mujer solar para poder seguir a mis cosas, le digo, y que estoy atrapado en mi propia especie y no sé cómo se zafa uno de eso y etcétera. Le digo todo eso y ella me insta a escuchar las letras del grupo. “¡Son buenísimas!”, exclama, y me apunta que para impregnarme de positividad debería alimentar los pensamientos positivos. Dice eso, lo dice así y no atiende a más. Me cuenta que es vegetariana, la asquerosa, y le digo que eso me parece una falta de humildad y una degeneración, de las más infames de que es capaz el hombre, pero se lo digo con gracia porque no le cabe la dentadura en la boca y eso me parece atractivo. Viste gafas de carey, un aprecio de lo antiguo que pasaría por modernidad si no fuera porque estoy en Barcelona, donde la modernidad viene entendiéndose como abalorio retro desde 1993.

Fumo, claro que fumo, al menos hasta que el vigilante del bien común me amenaza por segunda vez, ahora muy seriamente. Me saca tres cuerpos, así que obedezco. Una muchacha del público me tamborilea el hombro, se cruza de brazos y me regaña por haberla pisado. No tengo reacción para algo así. Su novio le señala a uno que pasa: “Mira, es el de Amaral”. Y compruebo que es un tío, tal vez de mi edad, que calza gorra en interiores, algo que me supera, que a mi parecer merece una mili. A continuación un portugués mal bebido me pide orgullo por haber nacido en Barcelona. “¡Tienes que sentirte orgulloso, esta ciudad es increíble!”, brama imperioso mientras se golpea el pecho. Me retiro. En la calle, una borracha que orina entre dos coches agarrándose al tiro del pantalón como quien frena un carruaje me cuenta que su mejor experiencia en esa línea fue durante una cabalgata de reyes, con los magos y la parroquia en la lejanía, subiendo desde el puerto, y ella acuclillada en la cima de Vía Laietana meando la calle abajo, restituyéndole el uso original de riera, sintiendo el poder oceánico manándole del chocho.

Ya en casa, entonces y ahora, percibo a mi espalda la vieja plaza de toros que han remodelado en centro comercial, cooperando en el esfuerzo común de que todo vaya dejando de ser para devenir en simulacro. Pero no voy a crisparme. Al fin y al cabo la vida es todo el rato.

En VICELAND

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