Estimado amigo; internet ha cambiado el mundo de la comunicación, pero ¿puede usted imaginar la cantidad de toallas que se lavan diariamente y sin necesidad en los hoteles del mundo?

¿Seguís aquí? ¡Madre mía del divino verbo! En serio, ¿todavía derrochando vuestra existencia en este enjambre de opiniones? ¿Amplificando lo que creéis vuestros yoes como quien cuelga la bandera del Barça en el balcón? ¿Aún leyendo al café periódicos que vehiculan fantasías comerciales? Creo que confiáis demasiado en esta zona de exclusión, y debo deciros que desde la calle se os ve minúsculos en vuestros avatares, muy enclenques en ese gestionar vuestra reputación, en ese actualizar. Desde el mundo donde viven los hombres parecéis un poco bobos, aquí arrebañados. (Esto mío de dirigirse a un lector debería estar prohibido, lo sé, pero os lo digo por vuestro bien, ¡que me hacéis perder el tiempo! ¡Que me está entrando ansiedad!)

Ah, pero he estado unos días fuera, descansando de tantas horas de soledad y estudio, y he vivido una serie de acontecimientos: noventa y nueve mujeres, la muerte súbita de otros tantos funcionarios, policías desventrados, ¡borracheras de amor! Pero como de lo que pía la boca es siempre de aquello que ya no cabe en el corazón, voy a hablaros de unos berberechos de talla, de mejillones durmientes como coños atávicos, sin viso ni pubertad, y de una ventresca de bonito, que es un pescado que cuando pez fue príncipe del mar, que esta mañana me ha puesto las papilas gustativas como el culito de Ponyo. ¡Vamos todos!

Y es que en la ciudad se hacen muchas cosas ridículas que te pueden joder, como mínimo, la escritura. Lo de hoy era una cata para medir la armonía entre esas mierdas lovecraftianas y siete vinos (o seis y un cava, que el cava es un vino versátil que menos con el jamón va con todo).

A mi mesa, en el salón exclusivo de un restorán por encima de la Diagonal, se sienta un hombre con cara de teuvetrés (o sea, de padre de familia pero maricón), un ginecólogo de estirpe, el más famoso de la ciudad, una señora con deje aristocrático y tres mujeres vulgares que se saben bien casadas con el capital. Está presente un niño al que no se le deja probar el vino y al que se refieren como “el niño Vidal” (esto lo juro, esto me deja muy raro), pero el chaval no molesta, está entretenido: su madre le ha puesto cinco panecitos y cinco aceites benjamines y le está haciendo escrutar la calidad de cada uno. A mi espalda está la escuela de sommeliers, la juventud olfativa y lozana, pero he llegado tarde y me ha tocado con esta panda de chiflados. A mi derecha, la mesa presidencial desde donde el patriarca nos comunica, entre mención y mención a Grande Covián y al puto cocinero catalán mediático y gubernamental (artistas, cuidado, artistas, dicen), que la depresión no existe, que acaso nos falte magnesio y potasio y que nos tomemos unas almendras. Sus delfines, que reciben llamadas al móvil con música clásica, sonríen y asienten tales apuntes sobre sus correspondientes papadas. Ellos son jurado, yo prensa y vulgo.

Procedo. Me lo como todo y me lo bebo más, esto va rápido, cumplimento mis fichas con valoraciones (que las almejas hermanan bien con el rosado y el blanco, por ejemplo, y que me rellenéis las copas, las siete) y al término una mujer, la mujer al otro extremo de mi mesa, camina hacia mí con las manos lacias y metiendo los codos al cuerpo, envinadísima. Tiene trescientos cuarenta años pero presenta remanente sexual. Muestra interés por mi lectura y le ofrezco el libro: Roland Topor. “Ahí no he llegado”, dice. ¿Cómo? ¡No puede ser! Un majareta, le cuento, mira, es uno de los hombres más grandes que en el mundo han sido. Francés, pero bueno. “En Francia se creó la gastronomía”, me ilustra, y todo cuadra. Le cito aquello: “Un gramo de caviar en un kilo de mierda no cambia nada, un gramo de mierda en un kilo de caviar lo arruina todo”. El ginecólogo hace intención de retreparse a la silla pero su mujer se lo impide. Para desquitarse nos cuenta un chistazo, el puto Mantle Bro. Lleva una pifotera buena y está algo humillado, pero percibe todos mis respetos. Salgo de allí con el hocico caliente, bien torcido y hacia la playa, luego escribo esta crónica de sociedad y me quedo sopa en el sofá.

En VICELAND

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