Existe un cine diurno y otro lunar. El primero distrae las convenciones de nuestras jornadas, el otro las contradice y desmiente. Existe un cine de la tierra firme, efímero y abundante, que nos aposenta en la mediocridad que habitamos e incluso la ensalza, y otro del mar abierto, caro de ver, selecto y misterioso, que nos sumerge en simas donde embriagarse de libertad y de las que emerger convenientemente heridos. En vigor e ingenuidad ambos son equiparables, pues al cabo –metafísico- el poder creativo del hombre es poca cosa, un canal para ser y un bálsamo para estar, pero puestos a elegir es preferible esa cinematografía que fija la mirada en los abismos y, aunque no trae respuestas ni nos hace mejores porque lo que no puede ser, no puede ser, sí nos devuelve a la calle algo más cuajados y con la zozobra un poco a raya.

Georges Bataille, padre y muy señor mío que en algún momento debería auxiliar el fardo que aquí traigo, dejó escrito que “la literatura es lo esencial o no es nada”, y si bien el cine no siempre alcanza a ser literatura, en ocasiones también ha sabido sacudirse la vida y ponernos a arder. Lo ha hecho cuando ha comprendido que hay territorios inaccesibles que sólo se abren manejando la ganzúa poética, cuando no ha temido caer en el ridículo o en la inverosimilitud, cuando ha desoído ideales y comercios y se ha entregado sin reservas a “el Mal”.

El cine vinculado al mal y -digámoslo antes de que se me vayan viendo los renuncios- sea lo que sea “el mal”, es un cine que aspira a la soberanía no tanto poniendo en entredicho el consenso que nos rige como burlándolo. En teoría, eso es algo que hace o debería hacer todo el terror, que por algo es, con la comedia, el cine más apropiado para negociar con nuestra angustia y operar como revulsivo (la catarsis y etcétera); pero la dote del cine maldito es superior a la del relato corriente pues no se trata de un cine que se mire o se habite por un tiempo, sino de un cine –voy a ser cursi- a inocularse.

El cine del mal, que es un cine que vuestras mujeres no pueden entender, lo identificamos porque de algún modo sueña con destruir los límites, arrasar la civilización y celebrar la vida. Nos propone sobrepasar nuestros sentidos y trascendernos a través de la voluptuosidad, que es nuestro bien más preciado y el único con potestad para exonerarnos de la miseria con que venimos de serie. Esotérico y postulante a otros universos, nos traslada a un estado superior por medio de experimentos, anti-tramas y tedios; en ocasiones es moroso y a menudo abundante en lo erótico, y, al menos mientras todavía nos logremos sentir un poco jóvenes (ya presentaremos rendición a su debido tiempo, cuando el miedo arrecie), es un cine capaz de imprimirnos el ánimo para rebelarnos contra lo humano y liberarnos de nosotros mismos.

Las formaciones del cine de terror son diversas y en buena medida responden a circunstancias socioculturales, o al menos así suele leerse a posteriori para justificar sus excesos y atrevimientos. En observancia –inconsciente- a ese pulso común, se le van buscando combinaciones a nuestros miedos elementales, se los reencarna para que sigan funcionando como catalizadores, pero en su vivir en el mundo -y en la industria-, y aunque por definición debería transitar siempre esa parte maldita y fecunda de la que hablamos, el cine de terror también ha ido contaminándose de corrección política y de vicios a gusto y medida de comerciantes, probos hombres de empresa y negocio y espectadores, en fin, desinteresados de la imaginación, las semánticas y no digamos las polisemias. Hombres preocupados por el porvenir que temen y rehúyen, por la responsabilidad que supone, la libertad. Es por su influjo económico que hoy buena parte de la producción gestiona temas inanes, se rinde al aparato y se doblega a ese público tétrico que no acepta poner en riesgo el chiringuito. Es por eso que cada vez es más frecuente y mejor recibido un cine huero e inofensivo, semejante a esa pintura hiperrealista cuya precisión técnica opaca cualquier bosque donde puedan andar agazapados nuestros temores originales, los que atañen a la razón y a su falta. Es un cine “de miedo” dócil, estéril, servil y muy propio de estos tiempos de transacciones desorbitadas y consumo ideológico dirigido que seguimos llamando -hay que ser estúpido- “información”. Si el buen cine de terror es parecido a tener sexo con una mujer divertida, de esas otras películas saldremos, con suerte, sin novedad, pero por lo general lo haremos abatidos como llevando un bebé muerto en brazos, con plena conciencia de siervos y resignados a este error evolutivo (yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos) que nos tiene temblando desde el año cuatro. Un desastre.

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