El motor es el coraje; el amor, los amores, serán gasolina, y la risa (los humores, también) el aceite de quemar. Y arrieritos somos. El coraje, la rabia: el protagonista de La vida agria, un provinciano instalado en la urbe milanesa, alberga la intención de atentar contra el edificio neurálgico que gestiona la mina de su localidad natal, donde acaban de morir cuarenta y tres personas a causa de una rentable negligencia. Eso es un norte, eso es ilusión. Entre tanto, el protagonista, irá tirando con oficios de escritura (que incluyen también mucha contabilidad doméstica), observará la turbamulta, será testigo de la ascensión tecnocrática, sentirá el malestar metropolitano y lo equilibrará con el afecto de una mujer en deliciosas escenas de estar por casa, todo en esta espléndida novela intelectual pero palpitante y popular, expresiva y feliz en su clase media, y llena de personajes que se parecen del todo a nosotros, medio siglo después. La vida agria es un amorío que se despliega en base a su entorno, al no resignarse, al asco a los uniformes (a la uniformidad) y la evocación de algún ímpetu que nos arranque esta alienación de encima. La vida agria es un clásico recuperado, éxito editorial en la Italia de los 60 (conoció una más que solvente adaptación al cine, con Ugo Tognazzi parlamentando a cámara y Giovanna Ralli en salto de cama), revelado como cautivadora literatura ligera, estilosa y de tallado noble, pero sobre todo viva, que principia la recuperación por parte de Errata Naturae de la obra de Luciano Bianciardi (1922-1971), un rebelde y buen escritor que llegó a pulverizar su carrera por falta de talento para establecerse en la mediocridad cultural de su tiempo.

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