Estoy cansado de oír que el nivel de la ficción televisiva se ha elevado notablemente en los últimos tiempos, que si las series de hoy vienen con un empaque, una producción y una ambición dramática hasta ahora impensables, que si nunca hubo tanta enjundia y talento en tramas y personajes. Atiendan: series buenas, complejas y maduras siempre ha habido. Trágicas, cómicas o de terror. Siempre. Toda la puta vida. Lo único que ha aumentado es la cantidad de ellas y la ansiedad nuestra. Donde se define la época dorada que vive el formato es en nuestras neurosis, en que las posibilidades tecnológicas y los ritmos a que nos somete esta cima ociosa y capitalista han variado nuestro concepto del tiempo y los modos de consumo audiovisual.

Como efecto colateral, los cinéfagos salimos perdiendo. A medida que nos reducían la pantalla de cine a cambio de más pulgadas en casa, y el haz de luz venía de frente en lugar de bañarnos la espalda, al espectador le iba menguando el criterio artístico si alguna vez lo tuvo, se hacía portera y yonqui, anulaba su capacidad de síntesis y de atención, y a día de hoy ya necesita un giro de guión al final de cada rollo. En estas circunstancias se entiende que el cine ponga todos sus esfuerzos en dar con sagas adictivas y con películas-acontecimiento que digan no a la posteridad. Y mientras retozamos en el género innoble, aunque tan digno y capaz como cualquier otro, ojo, del culebrón (no hay serie de éxito que no lo sea, ya es imposible una “zona crepuscular”), olvidamos que la superioridad de las películas estribó un día, no en que fueran mejores o peores, sino en que eran salvas independientes, únicas, desafiantes y concretas en su pegada estética o filosófica. Y en que no hipotecaban tiempo de lectura, de sexo o de fumar en los bares.

Hoy las teleseries ya no son televisivas y en la cartelera cuesta encontrar motivos para salir de casa. Así está el tema. Planazo.

En CINEMANÍA

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