Diría que hay cola en el cine. La veo de lejos y me parece una anomalía porque hace años que no hay cola en el cine, al menos no a media tarde, en día bobo y sin tratarse de vulgaridades tipo Biutiful o un evento de los de bombo y platillo, de los de congregar por congregar. Hace años que nadie hace colas para ver una buena película sólo porque pueda serlo, ya no ocurre, tal es la dispersión. Y acudo hoy a ver Scream 4 y me embarga cierta ilusión ante la idea de disfrutar una peli de miedo como se debe y sin más, arracimado en la multitud, con el tren del terror hasta los estribos. Pero no acabo de creérmelo. Algo no cuadra.

Scream vino en los noventa para revolver el cine de miedo y devolvérnoslo como experiencia colectiva, para recordarnos que como tal es como mejor se disfruta. Como trilogía fue exacta, sació por igual a un iniciado que a un espectador casual y se fue por donde había venido, dejando un recuerdo fenomenal sin desvirtuarse en fenómeno. Scream nos retribuyó un cine de miedo lúdico y fundamental y por eso hoy voy a ver Scream 4 con mentalidad militante pero corazón de fan. Corazón, por otra parte, hecho de tripas, pues cansado de pantallas minúsculas he transigido a la versión doblada. Así que acudo al cine con mejor ancho de la ciudad y a medida que me aproximo puedo entender que algo no cuadra, que predominan ciertos colores en esa muchedumbre. ¡Banderas! Y en la taquilla un rótulo confirma las sesiones canceladas y sustituidas por la retransmisión en directo de un Barça-Madrid y ahí se me cae el mundo encima, como siempre cuando la realidad devora a la ficción, la supera, le anuda dos latas al rabo y la arrastra por el barro.

Y diría que estamos rematando el chiringuito con estas maniobras fenicias que hacen del cine lo de menos.

En CINEMANÍA

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