El mes pasado, Gérard Depardieu se sacó la chorra en un avión y les meó la moqueta a los pasajeros del vuelo AF5010 en ruta París-Dublín, provocando un retraso de dos horas que podría habernos salpicado a cualquiera.

Gérard Depardieu supo arrancarse de la miseria de su niñez para trasplantarse a un mundo de lujos, gloria y ambición merced a un talento natural y a esa risa comunicadora suya; pero la fama del que fuera el actor mejor pagado de Europa sigue siendo la de un ogro avaricioso que personifica todos los apetitos compulsivos que anidan en los hombres: alcohol, drogas, chicas y atención. Para saber más de sus raíces, nada mejor que volver a Los rompepelotas, exuberante road movie vandálica en la que el director Bertrand Blier supo dibujar el sentir de una generación desnortada como todas. En aquella película que le lanzó a la fama, Depardieu tocaba pelo de coño porque decía que daba suerte, mamaba de una preñada en un tren y calculaba la edad de una niña olfateando sus bragas; luego aparecía Isabelle Huppert, irresistible y muy jovencita, representando a la burguesía que requiere ser ultrajada. La peli terminaba con accidente mortal para sus protagonistas, pero un distribuidor pidió otro final porque aquellos tíos eran demasiado simpáticos para morir, no podía ser. Y así, mucho mejor, Los rompepelotas acabó por ser un canto amoral a la vida de los que ya no se hacen. Eran otros tiempos.

Yo el mes pasado habría pagado una tasa extra (otra) por asistir al tremendo espectáculo punk del actor presentando armas, pero ni es tan fiero el león, ni oro todo lo que reluce: en verdad Depardieu quiso orinar en una botellita de agua mineral pero se le fue el tiro. Y luego adujo problemas de próstata. Menuda bajona.

En CINEMANÍA

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