Hubo un tiempo en que los efectos especiales se hacían con las manos. Hoy no se levanta el culo de la silla ni para degollar a un tío, ni para volar un edificio ni para prender fuego a un cortinaje, porque el CGI va que chuta, pero antes era el trabajo de un hombre sobre la materia, no había otra. El cambio puede que esté regularizando un poco los resultados, de hecho está ocurriendo: nos dirigimos hacia el hiperrealismo. Igual habría que echar un poco el freno, pero no parece viable.

Viendo una vez más Videodrome, la chifladura de Cronenberg donde el maquillador Rick Baker llegaba a mostrarnos un cáncer en reacción, ratifico que aquella era una película difícil, grotesca, polisémica y muy amplia, y entiendo que en su momento se estrellase en taquilla como se estrelló, va a hacer treinta años. Cronenberg y Baker materializaron las alucinaciones de Max Renn, las hicieron carne literal y nos fertilizaron la cabeza a toda una generación, pero en un primer momento la jugada había pillado desprevenida incluso a su productora, que no le dio el trato que merecía. A veces basta con dejarlas un minuto atrás para entender las cosas y así ocurrió con Videodrome, que pronto se comprendería como profética y pasaría al Olimpo de las obras maestras e irrepetibles del cine fantástico. Y hoy, de pronto, hablan de hacer un remake. La inercia de los remakes actuales es el reduccionismo conceptual, la neutralización y la descarga, y por ello dudo: ¿Se contratará a los genios de DDT para esculpir una vagina chupacintas, o las nuevas alucinaciones serán numéricas? ¿Funcionará el discurso vírico ampliado a las últimas tecnologías?

Videodrome es una obra magna y su remake sólo será bueno y válido si repite el fracaso comercial de la original. Pero, ah, los que crecimos con el VHS le deseamos lo mejor, para que no moleste.

En CINEMANÍA

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