El cine de terror es una enfermedad, o al menos yo así lo siento en mis carnes peninsulares. Superada cualquier idea de armonía y asqueados de ideales de belleza que para delectación de ojo y espíritu llevamos siglos representando, los cinéfagos que un día escuchamos la llamada de sirena del cine de miedo tenemos hoy el paladar abrasado por un consumo desmedido; es por eso que a menudo buscamos el bálsamo en la anomalía que por unos instantes nos devolverá la ilusión del gusto. Por su parte, los directores de películas de miedo que en algún momento de sus vidas aspiraron a ser médicos, con frecuencia cirujanos, son legión. En consecuencia a esa primera vocación, estos hombres tendrían bien aprendido que los gestos quirúrgicos (que en desmenuzado elemental son tres: incisión, extirpación y unión) se han de efectuar delicadamente, con suavidad y asepsia que minimicen riesgos de traumatismo, contaminación y posteriores infecciones, supuración, fiebre, podredumbre y etcétera. Pero recordemos que hasta mediados del siglo XIX en que se inventó y aplicó la anestesia (que en su etimología nos habla de “no sentir”), los médicos eran considerados poco menos que carniceros y matarifes.

Los directores pudieron elegir seguir siéndolo. Doy fe, he aprovechado las vacaciones para revisar mi colección de terror italiano de los años 80. Y hoy mi bendición es para aquellos que nos enfrentaron al shock y la conmoción sin prever consecuencias: Fulcis, D’Amatos, Deodatos, Lenzis y Bavas; hombres que, por suerte para todos, pacientes y espectadores, desoyeron la llamada clínica a tiempo y -como en el cine no hay códigos hipocráticos que valgan- pudieron darnos a ver disecciones heterodoxas, zombis unchained, avulsiones intestinales, caníbales a porrillo, enucleaciones varias y un sinfín de materia prima con que alimentar nuestras peores pesadillas. Mi recuerdo, quiera o no, para aquellos medicinantes.

En CINEMANÍA

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