Siempre es un estímulo atender una película sin el ministerio, la antena tres y toda esa escoria en los créditos (las gallinas, que les llaman), porque esa ausencia de logotipos es garantía de libertad. Carlos Vermut, dibujante de historietas venido a cineasta, ha filmado una de esas, sin subvenciones, sin peajes, con cuatro perras, arrojo y talento fresco. A Vermut le dio mucha pereza el papeleo y se la hizo con dinero de bolsillo, y al ser un hombre de armas y de ciencia le salió, claro, una película de mujeres, que es de lo que deberían ser todas las películas menos las que son de hombres.

Diamond Flash, que tiene el valor primero del cine infrecuente, es también la mejor película de superhéroes de lo que llevamos de siglo. Una esquinada y turbia, templada en referencias invisibles, sin resabios ni paparrucha, escrita con el cariño y la laboriosidad del que no aspira a más que a la expresión y alcanza la excelencia. No tiene ambiciones comerciales y sólo por ello deberíamos atenderla, porque no trae moto que vender; pero lo que aquí vengo a decir es que ofrece sorpresas, respeto mucho, diversión, hipnosis, tetas, recovecos de teleserie buena (de temporada completa), ¡humor!, enigmas tuneladores y novedad verdadera. Extrañamente, todas esas condiciones le van a dificultar una distribución corriente y la portada que merecería en esta revista, pero eso ya lo sabía Vermut y se la soplaba muy mucho, porque el tío ha entendido que de lo que se trata es de sacudirse coartadas de mercado, decir uno la suya y ya se hará camino al andar.

A diferencia de casi todas las que nos llegan, Diamond Flash es una película que no quiere ser otra sino ella misma, y esto es algo importantísimo. Hagan por verla.

En CINEMANÍA

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