“Un recorrido personal por los bares más singulares de la ciudad.” De la ciudad con el chef más reputado del planeta y la peor hostelería del mundo, donde jamás se aprendió a tirar cañas ni se sirvió tapa de cortesía, pero una ciudad resistente y amable en ciertas parroquias, una ciudad que como todo desierto esconde oasis, bodegas y mesones de abolengo, secretos de barrio, asociaciones pajariles, bares sin televisor, sin turistas y con raciones, peñas futbolísticas y embajadas autonómicas, lugares estrambóticos de por sí, beneméritos o temibles, templetes con altares a Camarón o a un club deportivo desarrapado y hasta bares “Cynar”, que son aquellos que sacrifican el glamur a la disposición del legendario licor homónimo, brebaje de trece hierbas en el que predomina, cuentan, la alcachofa. Olvidémonos de las flores de un día del Born y de las recomendaciones de tendencias, alejémonos del centro, aquí están los garitos auténticos donde tomarse un vermú casero o echar la tarde a salvo de “modernos”. Lugares que, entre fenicios, franquicias y desdén, han acabado por convertirse en jubilosas anomalías. Barcelona on the rocks no es guía de consulta (el índice es caprichoso e inservible) pero tiene muy buen uso de aperitivo, de lectura grata y sencilla para abrir gana y sed, y es, sobre todo, un retablo de nuestro folclore con ecos de nuestra contracultura, sin resabios ni complejos, que celebra la profesionalidad y la cercanía tras la barra y canta un poco como un cisne desahuciado, lamentando las codiciosas gestiones consistoriales y la vejatoria prohibición de fumar que nos están matando la vida, la calle y la dignidad.

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