No hay mucho que contar. ¿Cuánto hace, diez años? Era la época gloriosa, se podía fumar. Recuerdo mirar a Fina Brunet fumar… Fina Brunet siempre fue para mí un poco Catalunya. Más, mejor que Catalunya, porque los catalanes somos unos rancios y Fina Brunet es exuberancia, es Catalunya fumando. Me sigue gustando esa muchacha, aunque a día de hoy ya casi podría ser su padre.

Por aquel entonces, y durante dos o tres años, formé parte del mejor comité de selección que ha tenido este festival en amor y compañía de Jordi Sánchez-Navarro, Ángel Sala y Hernán Migoya. Había más gente, pero no les hacíamos ni caso. Esto era así, ocurría así, no había malicia como no hay presunción en mis palabras. Ahí están las hemerotecas para dar fe. ¿Están? En cuanto al Diari, ¿qué puedo contar, si se trabajaba sentado? No hubo en aquello aventura ninguna. Ricardo Reparaz y un servidor levantamos cuatro libros, un catálogo, tres publicaciones y las once o doce jornadas del rotativo. No tengo la más remota idea de cómo lo hicimos. Sé que escribimos mucho, rápido y mal, sacamos castañas del fuego y llegamos a gritarnos; nos sentíamos jóvenes y sin embargo ahí estábamos, ya digo, sentados, desnudos en una redacción (trabajábamos siempre desnudos, de noche) mientras el festival se entregaba a los fastos de su naturaleza. Gestionamos como pudimos la fatiga y el entusiasmo, perdimos salud, cordura y paciencia, y hoy todavía me siento orgulloso de lo que hicimos y creo que difícilmente podrá superarse. Todavía no se ha hecho.

Esa percepción mía, sin embargo, responde a lo aislado de la experiencia, porque ni un año duré en el cargo: hubo una noche de cuchillos largos, Ángel Sala me hizo una proposición deshonesta y le dije que se fuera a tomar por culo. Hoy seguimos siendo amigos, porque una cosa no quita la otra y porque Ángel siempre se ríe cuando le mandas a tomar por culo. Le quiero mucho, pero me fui. Buena parte del equipo me despidió con salvas y bendiciones, aunque ellos se quedaron porque la mediocridad nos tira mucho a los hombres.

El festival me dejó a deber unos dineros y me los cobré despistando un ordenador portátil que pesaba un quintal y ni falta me hacía, pero que equivalía exactamente al precio de la deuda. Me pareció lo justo. La fiesta del dinero público, amigos, la fiesta de vuestro dinero. Luego llené aquella máquina de pornografía y la tire a un río y eso fue todo.

En el Diari del Festival de Sitges 2011

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