No sé si esta novela es buena, mala o regular. Easton Ellis es muy hábil aplicando la lente de aumento de la sátira, pero es también un subsicópata de los de libro cuyo cinismo extremo me tiene enemistado con él desde que empecé a leerlo dos o tres años antes de haber conocido hembra. Supongo que este maricón me jodió un poco la vida. Pero bien. En Easton Ellis, lo que en principio parece petulancia estilística, desapego o tal vez ausencia de humor, acaba por entenderse como juego de resistencia y victoria por fatiga existencial del otro. Suites imperiales retoma personajes de Menos que cero veinticinco años después y trae lo de siempre, el retrato olímpico de un puñado de gentes despreciables, meros supervivientes y putas arribistas. Neurosis. Personas que se utilizan, que se sirven, como hacemos todos. Pero abandonarse a la crueldad extrema de la realidad requiere penumbra poética, un amparo, y Easton Ellis no está por disponérnoslo, porque Easton Ellis es un cínico y como tal un hijo de puta. Un chandalista, además. Y vive en Los Angeles. Satán. Suites imperiales es una novela breve y dialogada, y aunque las novelas dialogadas son todas una basura y una incompetencia, a este hombre es inevitable leerle con una curiosidad inquieta que acabará por arrastrarnos al vertedero, conscientes de nuestra propia fealdad, de que no somos más que diminutos seres biliosos en un mundo que pretendemos aséptico y que, por tanto, apesta. No está mal. Yo qué sé. Es Easton Ellis.

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