Conmemorando los treinta años que hace desde que Stanley Kubrick adaptase al cine El resplandor, la novela abismal de Stephen King, por fin se hace pública, en edición póstuma y no venal, la infausta obra que Jack Torrance escribiese durante su estancia como cuidador en el hotel de temporada Overlook. De Torrance sabemos que a menudo hizo cosas que después lamentó. Sus problemas con el alcohol, que truncaron su carrera como docente, y el miasma acumulado en su entorno doméstico, que le llevó a profundas crisis creativas y de pareja, se ven sublimados en esta obra que empieza donde termina el pensamiento y desafía el concepto de novela. Podría hacerse la broma de que su discurso es reiterativo, pero esa sería una mirada párvula. No por mucho madrugar…, recuperado por Wendy Torrance de la sala Colorado del majestuoso Overlook y presentado en la acertada traducción que Vicente Molina Foix hizo del mantra original (All work and no play make Jake a dull boy), es un libro oscilante entre el sacrificio y la tentación, un combate entre el encantamiento de la tiniebla y la acción resolutiva, un presagio de la pérdida y la disolución y un souvenir tardío de aquel invierno infausto y soberano. Un libro que nos reitera que para embocarse a la vida hay que matar al padre, de acuerdo, pero que lo cortés no ha de quitar lo valiente y que puede que el hijo también se merezca una reprimenda.

Decía Bataille que los hombres débiles se preocupan por ser útiles y que a menudo, harto de soledad, el escritor se rebaja y permite que su voz se mezcle con la multitud. No es el caso. En Jack Torrance no hay servidumbre, no hay miedo a morir en soledad. He aquí un angustioso y esplendoroso hachazo a la literatura actual.

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