De alguna manera, la Nina frágil y sofocada que hace Natalie Portman en Cisne negro me ha traído a la memoria a Eva Ionesco, actriz nacida en 1965 que fuera retratada continuamente en cueros por su madre, Irina Ionesco, hasta que cumplió 13 años, edad en que, según común acuerdo, vence la condición de ninfa. Por designio ajeno, Eva fue durante mucho tiempo una especie de mascota representante del lolitismo retro y espectral, difundida su imagen mil y una veces en papel cuché y llegando a convertirse, con 11 años, en la modelo más joven aparecida en Playboy. Por entonces protagonizó películas literalmente irrepetibles como Maladolescencia y se dejó ver en otras como el clásico del erotismo sci-fi Spermula, aunque lo que yo más recuerdo suyo es una inanimada intervención en el zaguán de Trelkovsky, el quimérico inquilino de la calle Pyrénées, en aquella obra extraordinaria de Polanski.

Cuando en 1978 Louis Malle se inspiró en ella para su película La pequeña, Eva se empezó a cansar del papelón público y se fue a vivir con su novio quinceañero, mientras a su madre le quitaban la patria potestad. En los 80 todavía llegó a posar desnuda para Pierre et Gilles y con el tiempo acabaría por convertirse en secundaria frecuente del cine francés. Estos días, tirando a cincuentona, está montando su primera película, una semiautobiografía en la que Isabelle Huppert interpreta a su madre.

Como reverso de la Nina de Cisne negro, que debe sustraerse de su vida de hija para sexuarse y vivirse mujer, Eva se vio obligada a desandar una sexualidad impuesta para conquistar su persona legítima. En Cisne negro, Nina viene a derrotar su demencia pero sin ella no logra prevalecer. En la vida real, Eva no sé cómo lo lleva. El título de su película, por si da pistas, es No soy una puta princesa. No es mal comienzo.

En CINEMANIA

Anuncios