Decía Warhol que leer a Jean Genet le ponía operativo. Normal. Genet (1910-1986) es un escritor natural, intuitivo y de los de solapa efectista: desertor, vagabundo, puto, ladrón, rebotao de la vida, en fin, y poseedor de una voz, como bien se dice en esta edición, que anticiparía la contracultura europea y norteamericana en su negación, su rabia y su desafío. Genet, que siempre entendió el mundo como un lugar tumefacto al que era necesario ir sajando si bien sin grandes esperanzas, escribió este Milagro de la rosa de forma clandestina durante su estancia en prisión. En sus páginas se narran los coágulos y las iluminaciones existenciales del autor en la colonia penitenciaria de Mettray, donde ingresó bien dispuesto para el único aprendizaje verdaderamente útil, el de la mano izquierda, el que en la novela representa un asesino de niñas internado en el lugar que es fuerza centrípeta para el joven protagonista. A Genet la literatura parece írsele derramando, y con mañas de ensoñación, mediante una lírica poco florida pero de tonelaje, consigue, más que meternos en la cárcel, meternos la cárcel dentro. Y nos infunde la sensación de que se está igual de atrapado aquí afuera, donde jamás se nos conmutará la falta mínima, pero tan grave, de ser. De ser y estar en esta pocilga. Leer a Genet es peligroso. Para ellos, para los que no lo hacen.

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